David Léspar (Álvaro Buenaventura)

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David Léspar nació en los años ochenta y tantos, en un pequeño poblado del estado de Hidalgo. A muy temprana edad partió a la hermosa y caótica Ciudad de México en donde encontraría su vocación por el arte. 

Comenzó sus estudios en Arquitectura, pero pronto se daría cuenta que su meta en la vida era desvelarse por asuntos “menos importantes”. Halló refugio en la música y en la fotografía, las cuales complementaría más tarde con la poesía y las letras. 

Piensa que el arte es un arma que puede cambiar al mundo, al menos por un segundo. Se considera un poeta mentiroso que siempre dice la verdad y sostiene la idea de que la “sopa de letras” sabe mejor cuando se lee con el corazón. Piensa que en un segundo hay muchos días y que las noches se hicieron para hacer poesía. 

Actualmente se dedica a la foto como medio de sustento y como una forma de transportar a quien la mira a otros mundos imaginarios llenos de utopía.

Goodbye Ruby Tuesday
Who could hang a name on you?
When you change with every new day
Still I’m gonna miss you

A Álvaro -como yo he decidido llamar a este talentoso fotógrafo, porque él, como en la canción de los Rolling Stones, decide cambiar de apelativo con más frecuencia que de calzones: Álvaro Buenaventura, David Léspar, David Onírico, por mencionar algunos de ellos- lo conocí en el apogeo del Facebook.

En el léxico de esta red social: acepté su solicitud de amistad porque me gustaron sus fotos, pero lo conservé en mi lista de “amigos” porque me gustaba lo que escribía y cómo pensaba. Álvaro es todo un dandi de las redes sociales: de pronto escribe en francés, a veces hace referencia a artistas y poetas, tiene un humor crítico y elegante y, derrepente, bombardea con una frase controversial; además de que siempre deja en claro lo amante que es de la belleza femenina.

Una tarde, en las entrañas de la deprimida línea naranja del metro de la Ciudad de México, tres pisos debajo de la superficie, en la estación Auditorio, yo subía, echando el bofe, por las descompuestas escaleras eléctricas y Álvaro bajaba por sus símiles opuestas. Ambos cargábamos nuestros respectivos libros como compañeros de viajes intraurbanos, y aunque nunca nos habíamos visto en vivo, nos saludamos y nos dio un enorme gusto habernos reconocido y conocido.

Desde entonces tuve la sensación de que se trataba de un viejo conocido, de forma que cuando hace más de dos años me hice de una cámara reflex no dudé en escribirle para preguntarle si me daba unas clasesitas para aprenderla a usar. Nos encontramos en tres ocasiones en diferentes cafeterías de la colonia Roma para mis clases, pero se nos iba el tiempo conversando en otros ciento mil asuntos distantes de la asignatura. Aprendí poco de fotografía, que si la apertura y la velocidad del obturador, sin embargo entamblamos una amistad linda.

Resulta que compartimos muchos intereses en común: visiones sobre el mundo, la estética y el arte; el gusto por las artesanías mexicanas (visitamos juntos en una ocasión el mercado de artesanías de la Ciudadela y ambos estábamos como niños en juguetería); el gozo por los placeres terrenales; y la tendencia a la melancolía y al romanticismo. Álvaro me presentó a Mondrian y a Murcof, yo a él a Roger Ballen.

Para planear la sesión de fotos de este blog tuvimos varias juntas, todas de ellas con comida de por medio, a veces un bizcocho francés, a veces unas enchiladas suizas y siempre desviándonos en discusiones sobre otros cientos de asuntos.

Álvaro tuvo la brillante idea de hacer las fotos en la UNAM, alma mater de ambos. Se le antojaba ahí porque le gustaba el color del pizarrón. Buscábamos en un principio hacer algo “balleniano”, pero, finalmente, resultó nuestro trabajo mucho más cándido que el del fotógrafo sudafricano, Roger Ballen, que es sórdido y retorcido hasta el tuétano.

Originalmente queríamos utilizar una iguana verde de verdad, pero resultó que conseguirla implicaba muchas complicaciones e incluso, en una de esas, hasta ser partícipes del contrabando y maltrato animal. Decidimos no cargar con esa cruz y optamos por la versión de la iguana dibujada con gis en el pizarrón. Esta versión de iguana le quitó profundidad y realismo a nuestra modelo fotografiada, pero le agregó una suerte de deformidad onírica interesante.

Fue muy divertido entrar en sábado a los salones de la Facultad de Ciencias de la UNAM, cargando una cámara profesional, una maleta con vestuario y maquillaje y una máquina de humo, sin que nadie nos dijera absolutamente nada. Álvaro eligió el salón y empezó a probar luz y encuadre; mientras yo fui al baño a ponerme el vestido, que otrora sirviera de atuendo de dama de honor en la boda de una amiga, y a maquillarme. Cuando regresé al aula, Álvaro puso en Spotify a Murcof de música de fondo y, poco a poco, fuimos enloqueciendo juntos guiados por ese paisaje sonoro. Paramos hasta que la tripa empezó a quejarse.

La generosidad de la Máxima Casa de Estudios es la de una madre amorosa, comprensiva y tolerante. Nadie nos dijo no pasen aquí, no hagan esto o lo otro. En la UNAM, uno puede ser uno mismo, sea lo que eso signifique.

Unas semanas después de la sesión de fotos, Álvaro y yo nos vimos para seleccionar nuestras fotos favoritas. Nos gustaron muchísimas y yo disfrute enormemente ver aquello que Álvaro calificaba en las fotos: la armonía, el encuadre, las líneas, la luz. En cambio yo veía: el lenguaje corporal, la emoción transmitida.

En definitiva Álvaro y yo hacemos un gran equipo de seres humanos.

Ver su colaboración en En Sueños aquí:


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