Iguana encriptada

Antes de irse, mi papá y mi hermano me repitieron hasta el cansancio que era de suma importancia que nadie más se enterara; que en el desafortunado caso de que llegara a los oídos de alguien más era indispensable disipar toda sospecha evadiendo preguntas comprometedoras con respuestas ambiguas e insinuaciones tramposas con heroicos silencios. Recalcaron era primordial que el código permaneciera bajo celoso salvaguardo.

En incontables ocasiones dijeron que, hasta que ellos regresaran, yo estaba a cargo; que su custodia era mi responsabilidad y de nadie más. Era una cuestión muy delicada, insistieron, que si no era lo suficientemente escrupulosa podíamos ir a dar a la cárcel todos o que, en su defecto, alguien podría resultar gravemente herido. Imaginar cualquiera de estos escenarios me consternó, acongojada les prometí con el corazón apretujado que haría todo lo que estaba en mis manos para evitar cualquier percance. Les dije, mintiéndoles a ellos y a mi misma, que lo tenía todo bajo control, que se marcharan sin preocupaciones. Después de las reiteradas advertencias de su parte y juramentos de la mía, se fueron sin que ninguna de las dos partes termináramos de sentirnos del todo tranquilos.

Cuando por fin nos habían dejado a solas, volteé a ver a mi protegida: inmóvil como una estatuilla de cerámica. Únicamente, el fuelle de su respiración y, de cuando en cuando, la tracción de la canica circunspecta de su ojo de reptil atravesado por una fulminante pupila en forma de relámpago, me aseguraban que seguía con vida; mas la iguana custodiada no parecía tener ninguna intención de moverse ni un ápice, no al menos por voluntad propia, se le miraba cómoda tal y como estaba, abandonada en sus propios desvaríos.

Posaba para mí insolente sobre su tronco, mientras aprovechaba para curtir desvergonzada su escamada y rugosa piel bajo los rayos del sol. Asida con las puntas de afilados garfios al extremo final de sus garras, pinchaba hiriente al madero. Como les digo, no se le veía ningún deseo de siquiera dar un paso, sin embargo, yo con obstinada aprensión, estaba dispuesta a cumplir con mi designio de la manera más decorosa y puntillosa posible, así que procuré continuar mi escolta sin siquiera pestañear. Solamente cuando se me empañaba los enrojecidos ojos con lágrimas, me concedía a mí misma un brevísimo pestañeo. Cuando impaciente abría nuevamente los ojos, la iguana seguía siempre en el mismo lugar, en idéntico estado inmutable.

Después de un lapso incierto que probablemente se ralentizó por mi estresado discernimiento, me empecé a sentir agotada y más de una vez me vi en la necesidad de sacudir ideas perversas que rondaban mi mente con coquetería: “claudica”, “relaja”, “olvida”.

Debilitada, me pareció que la iguana me desafiaba telepáticamente: “En cualquier momento me digno a moverme, me escapo y entonces sí sabrás lo que es amar a Cristo en tierra de paganos, te meterás en tremenda bronca de la que no podrán salir jamás, ni tú ni tu gente. Así que vigílame muy de cerca, no se te ocurra quitarme los ojos de encima ni un instante. Mírame, no dejes de mirarme, mírame muy bien.” Y entonces supe debía seguir como estúpida haciéndole guardia a ese bicho de sangre helada que llevaba tatuado en su vientre un código secreto que de divulgarse podía llevarnos a la ruina a mi familia y a mí.

Me acerqué al tronco para ver de nuevo el clandestino jeroglífico en el abdomen del reptil. Me agaché un poco para verlo mejor, ahí estaban los símbolos encriptados, inflándose y desinflándose al compás de su respiración.

Estaba admirando el defendido secreto, cuando escuché los pasos de un extraño. Estaba sucediendo la peor de mis pesadillas. Mi nerviosismo me delataría, no me podría controlar. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo iba a explicar? ¿Cómo me debía comportar? Los pasos se aproximaban, cada vez más claros y resonantes. Resolví, con la poca lucidez que el cansancio y el estrés me permitieron conservar, en esconder al animal en mi boca y, sin darle más vueltas al asunto, de un bocado me lo tragué. La iguana no pareció incomodarse, pero mis entrañas irritadas resintieron la intrusión del áspero ente.

Al rato, así como habían amenazado las pisadas con acercarse, de igual forma, su eco se fue alejando hasta volverse inaudible, sin dejarme nunca ver al titular de aquellas zancadas. Fuera de todo peligro y después de recuperar parámetros razonables de mis signos vitales, me metí los dedos a la boca para buscar a tientas al reptil. A la altura de la campanilla pude reconocer el cabo de su cola a ciegas. Con la boca abierta más allá de lo que mi mandíbula lo permitía, con la mano entera metida hasta la epiglotis, prensé el rabo, y con todas mis esperanzas puestas en la operación, lo jalé hacia afuera. Tiré con todas mis fuerzas para sacar a la sabandija, hasta que mis jalones rindieron frutos: debajo de mi nariz, haciendo bizco, vi cómo salió centímetro a centímetro la cola entera, después las patas traseras, seguidas por el lomo forrado de púas. Esta expulsión bucal de un ser ajeno a mí era una especie de parto endemoniado que iba desgarrando todo dentro de mí en su camino. Pero llegó un punto, que por más fuerza que aplicara, la iguana no saldría más. El dolor punzante en la garganta me informó de la situación, la desgraciada lagartija colosal se había anclado de una mordida a mi gaznate y parecía estar decidida a no soltarse de ahí.

Insistí con mis energías sobrantes y entre discretos sollozos jalé y jalé. Tras varios tirones el reptil salió a propulsión aterrizando a varios metros de distancia. En cuanto tocó tierra lo vi por vez primera mover enseguida sus patas acompasadas y presurosas, balanceadas por su enorme cola, hasta ocultarse por un acceso impenetrable para mis proporciones debajo de un mueble.

Sentí un líquido tibio y viscoso brotar de mi boca, al enjugarlo con el dorso de mi mano vi eran borbotones de sangre.

Fotografías de: David Léspar / Instagram: @david_lespar Facebook: David Léspar

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