Le explico, oficial

“Venía de regreso de una jornada poco gratificante en el trabajo, ¿no? Estaba abatida porque el ascenso laboral que estaba esperando conseguir y que a mi parecer me correspondía con todas las de la ley, pues se lo dieron a otro, porque mujer, ¿no?

Entonces pues ya, ¿no? iba yo en el metro de vuelta a casa, desanimada y ansiosa de llegar para marcarle a mi mamá y contarle todo mi drama.

Y pues el tren crujía en cada curva y todos íbamos hipnotizados por el cansancio, con la vista perdida en la nada o algunos enajenados en su celular, ya sabe como es el metro a esas horas, bien pesado, ¿no? Había algunos afortunados que iban junto a la ventana y podían recargar la cabeza en el cristal para echarse un coyotito, pero la mayoría cabeceábamos como si nos quitaran el piso, pero pus ahí no da pena porque todos vamos igual: hechos pomada. Luego pienso que me canso más en estos trayectos de la casa al trabajo y de regreso que en el mismo trabajo, ¿a usted no le pasa igual? ¿Vive lejos de aquí, oficial?”

Asintió el agente con la cabeza y con un onomatopéyico ajá.

“Bueno, pues, como le digo no me había tocado asiento y ahí iba yo colgada de un brazo, agarrada del barrote y dejándome sacudir por el trajinante tren. En cada estación que parábamos, pues, unos cuantos poquitos bajaban, pero una marabunta se subía empujando y comprimiéndonos a los de adentro para no tener que esperar al siguiente metro, pero pues hasta ahí sin ninguna novedad, ¿no? Normal, ya sabe, lo mismo de siempre: se atropellaban unos a otros, con permisos por aquí, con permisos por allá, si se desocupaba un asiento, pues, por más cansados que estuvieran los usuarios del transporte subterráneo colectivo, conseguían reunir las fuerzas quien sabe de dónde para correr hasta él y echarse un round para ganarlo, ya sabe, sin importar que hubiera viejitos, enfermos o mujeres embarazadas que se quedaban parados. Y pues una vez que se cerraban las puertas, el tren echaba otra vez a andar con todo y su injusticia social y entraba al túnel y entonces la obscuridad se apoderaba del exterior y, aunque ahí íbamos como carnes empacadas al alto vacío, todo volvía a la aparente calma: la gente volvía a conciliar el sueño, recargados o con cabeceos, o se enajenaba en el celular, o se quedaba, como yo, pensando en la inmortalidad del cangrejo. El fracaso profesional no abandonaba mis pensamientos, ahí iba dando bandazos emocionales: pude haber hecho esto y el otro mejor; malditos infelices, que los parta un rayo; no me importa, mejor así, menos responsabilidades; debo renunciar, ahí nunca voy a poder crecer.”

“Ya el brazo del que me sostenía lo tenía adormecido, pero no había forma de bajarlo porque los cuerpos a mi alrededor estaban tan apretados que no hubiese cabido ni una aguja. A pesar de la ventilación artificial, el aire era sofocante y viscoso. Rebotábamos al unísono de la marcha del tren y nos recargábamos unos sobre otros como piezas de dominó en cada crujiente curva. Hasta que el subterráneo se aproximó a la siguiente parada de la línea: la estación Plaza de la Independencia. El tren desaceleró y la inercia nos tiro abruptamente hacia adelante, los que íbamos de pie perdimos el equilibrio, pero nadie se cayó porque no había hacia donde caerse, ¿no? Finalmente, el metro frenó del todo y las puertas se abrieron junto con ese maldito molesto pitido que tienen, ya sabe, ¿no lo odia usted también?”

“Híjoles, señorita, discúlpeme que la interrumpa aquí, pero es que esto ya me lo contó varias veces y sin ningún progreso.” Señaló aburrido el agente con el codo derecho en el escritorio y el puño encajado en el macizo cachete hasta que casi se le cerraba el ojo por completo. “Le voy a pedir de favor que, si no tiene más elementos para incriminar al pelirrojo…”

“Espéreme, déjeme seguir, oficial, es que le digo que no estoy segura de si era o no pelirrojo,” Interrumpí.

“Bueno, pues peor aún, ¿no, señorita?” dijo el policía y corrigió: “Como le decía, si no tiene más elementos para incriminar al sujeto del que no sabemos siquiera si era o no pelirrojo, le voy a pedir de la manera más atenta, que se retire a la brevedad y nos deje seguir con nuestro trabajo. Honestamente nos está haciendo perder el tiempo.” Remarcó el agente expresándose en plural, a pesar de que no había nadie más en el recinto; era evidente que ansiaba que me fuera para poderle hincar el diente a la torta de huevo que lo esperaba coqueta sobre el escritorio envuelta únicamente en papel servilleta.

“Es que espérese, oficial, estoy segura de que sí fue él.”

“¿Que fue él el que qué, señorita? Esto es verdaderamente absurdo. Ni siquiera me puede decir de qué lo está acusando.” Contestó irritado el oficial.

“Es que ya no recuerdo bien, oficial.” Chillé frustrada y avergonzada.

“Mire, señorita, por un lado, usted tiene que comprender que nuestro trabajo no se puede basar meramente en la fe, sino en datos y pruebas concretas; si la hace feliz saberlo: yo le creo, ¿ok?: creo que fue el pelirrojo.” Dijo condescendiente.

“Pero es que sí tengo pruebas…” Intenté decir.

“Déjeme terminar, señorita… Por otro lado, ya repasamos su historia suficientes veces y sin mucho éxito. Ya me dijo que si no le dieron el ascenso en su trabajo, que si venía muy cansada, que si la estación de la Plaza Independencia, que si el pelirrojo que quizá no era pelirrojo, que si usted en cuanto lo vio pudo deducir por arte de magia que había sido él el responsable de quien sabe qué y que si la manga del muerto. Ya me dijo eso y otros sinsentidos más. Ya me lo dijo todo en incontables ocasiones, señorita. Pero ¿me puede usted explicar qué es lo que pretende repitiendo una y otra y otra vez esta historia?”

“Se lo suplico, ayúdeme a repasar los hechos una vez más, ya casi acabo mi narración, porfis, por favorcito, plis, plis, plis.” Le imploré.

“Está bien, señorita, si eso la va a hacer sentir mejor, échele, pues. Nomás que, con su permiso, yo me voy a zampar mi tortita que ya me suena la tripa.” Habló así el agente desde detrás del escritorio de triplay que le ajustaba la barriga.

“Sí, claro, poli, adelante, provechito.”

“Gracias, ya sabe que aquí estamos 24 horas para servirle.” Dijo resignado ya con un gran bocado en la boca, valga la redundancia, y con los ojos clavados en su querida tortita de huevo.

Proseguí: “Pues como le decía, llegamos a la estación Plaza de la Independencia, que era donde yo bajaba, el pitido aturdidor de las puertas calaba hasta martillo, yunque y estribo, pero había estado yo tan absorta en mis pensamientos que, pues, no había preparado mi descenso y aún estaba bastante lejos de la puerta, ¿no? A base de con permisos y empellones me fui abriendo camino entre los bultos humanos que se abrían con mucha resistencia y a eso súmele que la horda de usuarios que entraba implicaba una contracorriente que me disuadía de alcanzar la orilla opuesta. Pisé infinidad de callos provocando el enojo de mis compañeros de viaje que me gritaban todo tipo de ofensas.”

“Pero, pues, finalmente salí victoriosa y fue en cuanto pude poner un pie en el andén que lo vi, así enseguidita, enseguidita. Me llamó la atención de inmediato porque tenía una apariencia indudablemente sospechosa, ¿no? Le digo que me parece que era pelirrojo y le voy a decir por qué. Pues porque, mire, todavía me duele aquí en el antebrazo y tengo rojito, ¿si ve?, y es que es imposible pasar por alto a un pelirrojo como imposible es que su visión no inserte algún tipo de desconfianza y lo obligue a uno a pellizcarse el antebrazo, ya sabe, nomás por si a caso los cuentos de las abuelitas son ciertos. Y pues yo como que me pellizqué bien duro aquí, ¿si ve?”

“También le puedo decir que era alto, bien alto, de 1,80 metros para arriba y, para que vea que no estoy exponiendo puros sin sentidos, como me dijo hace ratito, también le voy a decir por qué le digo esto: pues porque, imagínese, era plena hora pico en la estación Plaza de la Independencia, ya sabrá, una multitud endemoniada y aunque había enemil personas entre nosotros, yo le alcanzaba perfectamente a ver su cabeza. Entonces pues le puedo decir sin riesgo a equivocarme que arriba del promedio de estatura sí estaba.”

“Una última cosa, el hombre usaba un sombrero y una gabardina al estilo Dick Tracy. A ver dígame si no hubiese despertado en usted algún tipo de desconfianza alguien así. Nadie en este país, en la vida real, se viste así, nadie.”

“Pero pues si hasta ahí no le parece suficientemente sospechoso, le cuento más: la gota que derramó el vaso fue cuando, de pronto, a lo lejos, escuché un grito lastimoso, como de alguien que agonizaba. Me dice usted que no han reportado ningún asesinato ni ningún tipo de agravio en la estación Plaza de la Independencia, pero yo le digo que lo escuché clarito. Y aún así, aunque el eco del grito penoso rebotó por todos los pasillos, escaleras y túneles del subterráneo, el pelirrojo, o el que creo que era pelirrojo, no se volteó siquiera un segundo a verificar qué había pasado, siguió su camino como si nada.”

“Entonces ahí sí yo dije: este maldito criminal no se va a salir con la suya. Entonces pues empecé a perseguir al presunto victimario, que yo estaba segura había sido infractor, segura como que el cielo es azul y cuando tomó la salida noreste para salir a la calle, ahí, ahora sí, ya no me quedó más duda alguna, porque, a ver, ¿se acuerda usted que hay en la salida noreste de la estación Plaza de la Independencia? Exacto, el bar “El Matarife”. ¿Qué otra prueba más quiere? Nombre más aterrador para un bar no existe. Pues entonces, yo ya no me la pensé más y tomé el mismo camino que el susodicho y eso a pesar de que era justo la dirección contraria a mi casa, ¿ve mi compromiso con la justicia? Es que yo quería agarrar al infeliz con las manos en la masa y entregarlo a la policía, pero, pues, lamentablemente hubo demasiada gente entre nosotros y de un momento a otro lo perdí de vista y pues ya me vine para acá, aunque fuera a levantar un acta de denuncia.”  Terminé fracasada mi narración y el silencio se apoderó de mí.

Después de un prudente momento, el agente dijo: “Muy, bien, señorita, ya terminó por enésima vez su declaración, yo pasaré el reporte a mis superiores para que hagan la investigación pertinente. Ahora váyase a casa, tome un baño de agua caliente y descanse, que ya es tarde, es más, ya está amaneciendo y, la verdad, no me lo vaya a tomar a mal, señorita, pero se le ve devastada.”

“Es que no me entiende oficial, no puedo irme a casa, así como así, sabiendo todo lo que sé. Me voy a sentir sumamente culpable si se me olvida algo o todo mañana por la mañana.”

“La verdad, señorita, no se ofenda, pero usted no es que sepa mucho; su narración no tiene ni pies ni cabeza. Vaya sin culpas ni remordimientos. Es más, se le ve buena persona, así que aquí mismo yo la absuelvo de cualquier pecado que haya usted podido cometer, queriendo o sin querer, a lo largo de su vida. Puede irse a casa tranquila, mi escuadrón y yo estaremos al tanto velando su sueño y garantizando la seguridad de todos los ciudadanos, pero por favor…” y viendo hacia la puerta me indicó el camino de salida como diciendo “no esté usted fregando y lárguese.”

No se vayan a ir con la finta y pensar que fue el indulto misericordioso del agente lo que me hizo desistir. Cierto es que soy bastante testaruda, pero igualmente cierto es que ante la fatiga del prójimo me sé ablandar, así que cedí: “Está bien, oficial.” Agarré mi bolso que descansaba en la silla de al lado, me lo colgué al hombro. “Usted gana, pero pasaré toda la noche dándole vueltas al asunto. Buenas noches.”

“Como usted guste, señorita. Buenas noches, que descanse.” Porque eso sí, sea lo que sea de cada quien, el oficial de la estación de policías del turno vespertino era un hombre bonachón.

Ya en camino a la puerta de salida me paré en seco y me volteé a decirle:

“Oiga oficial, pero antes de que me vaya dígame la verdad, ¿a poco no mis deducciones fueron sencillamente geniales?, ¿no le parece como trama de Conan Doyle? La verdad estoy muy orgullosa y nadie será capaz de arrebatarme esta satisfacción; con cada pista que iba resolviendo mi ego iba creciendo más y más, me hizo sentir sumamente inteligente el ser capaz de enredar y desenredar este enigma complejísimo. ¿O usted qué opina?”

“Y si quiere saber, oficial, por qué le conté tantas veces esta historia es porque me dije: Mi misma, este es un cuento que debes recordar para después poderlo escribir. Pero ¿qué iba a pasar si faltaba mucho para que amaneciera? ¡Lo iba a olvidar! Así que, con mi gran cabezota brillante, la misma que hizo este laberinto enmarañado de asesinos y detectives, ideé un plan: vendría a la comisaría y le contaría al agente a cargo, es decir a usted, una y otra vez mi historia con lujo de detalles hasta que amaneciera y despertara. De este modo, he sido capaz, gracias a usted, de repasar cada ingeniosísimo pormenor de cómo suspicazmente encontré pruebas de la culpabilidad del sujeto. ¿Cómo la ve?”

“Pero ahora que me corre y me voy de aquí pues no sé a qué sueño iré a parar. Buenas noches, oficial. Gracias por su paciencia.”

Desperté y ya lo había olvidado casi todo. No recordé mucho más además de que un pelirrojo (creo, no estoy segura de que fuera pelirrojo) en el metro me había hecho sospechar que era un asesino, eso es todo. Lo demás me lo tuve que reinventar.

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