CATARINAS

Me levanté a las 4 de la mañana con una comezón agresiva en el costado, tenía una constelación de piquetes en las costillas. Cuando prendí la luz me di color de que los puntitos cubrían mi cuerpo entero, era como varicela, pero estos puntos eran como de pulga y se activaban en turnos como serie de luces navideña. 

El día siguiente fue un martirio, la pasé pensando que en efecto eran pulgas. Medía el tiempo que aguantaba sin rascarme; mi piel estaba ya bastante dañada y la crema sólo hacía que aumentara la ponzoña, así que no quedaba más que fuerza de voluntad. Por ahí de las cuatro de la tarde me puse a llorar y pensé en hacer algo. 

Una vez que me calmé, llamé a mi padre, pero la llamada no fue diferente a otras: 

– Hola pa, ¿cómo estás?
– Pues bien, bien, preocupado, la verdad…. No sé qué voy a hacer si me quitan el SNI.
– Ya… pero, pues ya te puedes retirar ¿no? ¿Qué te importa si te corren?
– ¡Ay, Julia! Pues sí, nada de lo que hago importa, ¿verdad?
– Sí importa, pa. Eres un buen científico.
– No, no soy.
– Bueno, no, no eres. Oye pa, es que tengo un problema.
– Y ahora ¿qué quieres?
– Pues me salieron unos piquetes y tengo mucha comezón, no sé qué hacer.
– ¡Pues ve al doctor, Julia! Yo solo soy un científico malo que nadie quiere. No te puedo ayudar. 

– Si puedes, pa, por ejemplo, prestándome dinero para ir a la farmacia por algo, ya ves que no tengo tarjeta, entonces no tengo forma de…
– Julia, creo que es hora de que te hagas responsable como tu hermano. No puedo estarte prestando dinero, que además seguro te gastas en marihuana.
– Chale, pa, vete a la verga.
– ¡Vete tú a la verga! ¿Qué no ves que tengo problemas también? ¡Tú escogiste este camino de drogadicción y piratería! Te pudiste haber casado con Juan.
– ¿Otra vez con eso? ¿Qué chingados te importa si me caso o no? ¿Por qué no te casaste tú con Juan?
– ¿Quieres algo más? Estoy ocupado
– No quiero nada de ti, culero. Jódete. 

Mi pa me colgó, jaja, pero bueno, esto es de hecho una conversación normal con él hoy en día. Sin darme cuenta, mi ataque de ira había activado aún más los piquetes de forma que deseaba tener más manos para poder rascarlos todos al mismo tiempo; lo único que se me ocurrió fue irme a bañar con agua fría, lo cual mi piel agradeció enormemente. Me bañaba con el zacate, cuando sin querer rocé uno de los puntos más agresivos y para mi tremendo horror, éste se empezó a mover debajo de la piel, era como una sombra negra del tamaño de una moneda de diez centavos.

Como si aquello fuera un revolución los demás piquetes también empezaron a caminar lentamente debajo de mi piel causándome una comezón insoportable y unas ganas terribles de escapar de mi cuerpo. Intenté no moverme por una hora, pero era desesperante la situación, así que fui por un cutter y acostado en la tina procedí a hacerme una operación. Tenía un poco de alcohol y mucho cloro que diluí en agua. Me tomó como media hora agarrar valor: veía esas manchas preguntándome sobre qué endemoniada forma tendrían una vez que las sacara. Había oído ya sobre bichos de este estilo. El papá de Luisa era biólogo y un día en la selva se le metió un gusano al cráneo. 

Atrapé de las costillas a una mancha con las yemas de mi mano izquierda y con la derecha hice una incisión honda que alcanzara la profundidad del bicho. Torrentes de sangre salieron, pero entre la sangre también distinguí dos antenas que salían como escaneando el exterior. Mi horror fue tal que inmediatamente introduje los dedos en mi piel mientras que con la otra mano presionaba para que la criatura no huyera. Entonces saqué un insecto con patas que revoloteaba y lo aventé a la cubeta con cloro. Una vez que se despejó de mi sangre, pude observar que el insecto era una catarina. No sé porqué, pero eso me tranquilizó. 

Para entonces ya era media noche, pero yo ya tenía un plan para deshacerme de los bichitos, sólo había que perfeccionarlo. Como claramente no tenía gasas, se me ocurrió tomar la cebolla del mercado de mi madre y quitarle las capas una a una con cuidado: curitas de abuela. La cantidad de catarinas en mi cuerpo era considerable así que pensé que era probable que muriera desangrado. Yo siempre quise morir oyendo música, así que puse una playlist de Spotify con canciones viejas que me gustan y me concentré en la operación. 

Fue más agradable de lo que tenía contemplado, era como cortarse las uñas o lavarse los dientes: eventualmente, incluso el dolor era agradable. Mientras sacaba una por una las catarinas de mi cuerpo el baño entero se cubría de sangre y de cebolla. 

Como los bichos no mostraban interés por regresar a mi piel abandoné la idea de matarlos. Me producía cierta alegría verlos explorar mi baño y hacían la escena menos terrorífica. La pérdida de sangre definitivamente me había debilitado, pero las heridas cicatrizaban. Me invadió un sopor bastante especial, sentía que flotaba, nada me picaba o me dolía. Me quedé dormido. 

Cuando desperté la pila de mi celular ya se había acabado, me sentía un trapo y las catarinas caminaban sobre mí haciéndome cosquillas; lamían mis heridas, que mágicamente habían ya cicatrizado. Intenté levantarme, pero no pude. Entonces un ataque de tos me invadió, una tos pesada, como si tuviera un gargajo del tamaño de una bola de ping pong. Tosí lo más fuerte que pude hasta que expulsé lo que parecía una avispa enorme. Prendí la regadera para enjuagar aquella cosa. Después de mi noche anterior estaba segura de que nada me espantaría nunca más. 

La avispa tenía también caparazón de catarina, era completamente rojo tornasolado; pero poseía unas alas gigantescas y lo que parecía ser su aguijón estaba alargado y tenía punta como el de un alacrán y unas tenazas como de mantis religiosa. Desdobló sus alas lentamente y voló hasta posicionarse frente a mi rostro, como un colibrí, yo no podía moverme, así que no lo intenté, sólo le dije: 

– Uola?
– Jajaja, uola Julia, yo soy tu nueva mejor amiga 😉

Julia Orion Smith: es un(a) programador(a) maniac@ que un día aspiró a ser carpinter@ y que ama a la cultura japonesa y a la piratería. \ Instagram: Jugos Frescos 

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