Deslustre

Al final del arcoíris, una olla repleta de monedas de oro. Esa mañana, sobre el tapete de mi entrada —en el que se leían las letras invertidas de “Bienvenido”, de modo que las podía leer correctamente sólo quien venía y no quien se iba, ni quien se quedaba— alguien había dejado una sorpresa.

A la mujer fea el oro la hermosea. En aquella época, al despertar cada mañana, aún en piyama, despeinada, con lagañas en los lagrimales y aliento de león, salía a la calle a recoger la botella de leche y la de jugo de naranja frescos que el lechero dejaba frente a mi puerta al apenas despuntar del alba. Mi amigo secreto debía estar al tanto de esto, pues había elegido poner su obsequio donde no había manera que yo lo pasara por alto. Un fantasma que deja registro de su invisible aparición: “aquí estuve”.

El tiempo es oro. ¿Se habrían cruzado en el camino el lechero y el sujeto misterioso?, me pregunté. El lechero es mi repartidor habitual; el fantasma uno anormal. ¿Quién habría dejado su entrega antes, quién después? De haber llegado el lechero segundo ¿qué habría pensado éste de la sorpresa que yacía ya frente a mi puerta? ¿Y si el lechero era también el fantasma? Podría ser, porqué no, había muchas posibilidades.

No todo lo que brilla es oro. Destellaban las envolturas doradas sobre el tapete bajo los primeros rayos del sol. Cegada por el fulgor, con las pupilas reducidas y la mano sobre las cejas como visera, miré la sorpresa con ilusión, conmovida por el gesto del fantasma. ¿Quién podría ser? ¿algún pretendiente acaso?; pero también con sospecha, no había ninguna tarjeta que revelara la identidad del fantasma. Me causaban un poco de suspicacia algo en los pliegues irregulares de las envolturas, no podía precisar qué.

Regaladas hasta las puñaladas. Me agaché y levanté uno de los ovillos cubierto de papel dorado. Lo abrí con cuidado para no romper la hoja áurea. Dentro encontré una masilla café de consistencia suave pero sólida: ¡Eran chocolates! Adoro los chocolates, son mi absoluta perdición. El fantasma anónimo parecía saber muchas cosas sobre mí.

Un momento.

A caballo regalado no se le miran los dientes. ¿Y si esa plasta marrón no era chocolate? Viéndolo bien, podría no serlo. ¿Qué debía hacer? Si me lo comía y no era chocolate: ¡qué repugnante! ¡Qué asco! Pero, y si no me lo comía, lo tiraba, lo descartaba y en verdad era una exquisita y deliciosa trufa. ¡Qué desgracia! ¡Qué desperdicio! ¡Qué vergüenza con el hombre o la mujer galante! Quizá debía acercarlo a mi nariz y olfatearlo para definir la naturaleza de esa sorpresa. Mas nuevamente, cambiar de sentido no hacía a una alternativa menos grotesca, ni a la otra menos cruel.

Indecisa, frente a la puerta de mi casa, ante una sorpresa deslumbrante que no lograba sopesar.

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