Detrás de la portezuela

Entre escena y escena, cada vez que pasa delante de nuestra carpa –la carpa de los extras, los inmemorables, los del montón— mis compañeros se las ingenian para correr la voz a la velocidad de la luz; entonces, se empujan los unos a los otros, se dan traspiés, aplican codos traicioneros que abren camino, esquivan con un escurridizo hombro a la conglomeración, se arremolinan vorazmente ante la entrada para, con una sonrisa tensa y nerviosa, hacerle un tímido gesto de saludo con la mano; algunos más intrépidos le piden una rápida selfie con el celular. Ya hace tiempo que los seguidores de las celebridades prefieren la foto en el celular al garabato en el cuaderno de autógrafos.

Cuando se ha ido el objeto del deseo, la multitud se dispersa debajo del toldo y comienza todo tipo de cuchicheos: “Yo leí que tiene una amante mucho más joven” “Claro que no, es evidente a leguas que es gay” “¿Cómo crees? A los gays no les sale la barba así de tupida” “Yo no sé, pero dice el asistente de dirección que es súper diva” “A mí me parece muy agradable, mira cómo me abrazó en esta foto.” “Yo quisiera ser como él: rico, guapo y famoso”.

Sigo en las mismas, no sé de quién carajos hablan, su nombre no me suena; no lo he logrado ver ni una sola vez, no hemos coincidido en ninguna escena; tampoco creo que me interese tanto. Ya intenté leer, escuchar música, hacer ejercicio, pero hay tanta gente, tanto ruido y movimiento que me es imposible; así que me quedo acostada en el piso sobre una manta para no ensuciar el vestuario, viendo el toldo blanco e intentando con todas mis fuerzas buscar mi lugar feliz.

Cada quién a su manera, esperamos en la carpa de extras a ser llamados para cumplir con nuestra ardua, tediosa y repetitiva tarea que pasará a la posteridad con un momentito de película en el que únicamente la madre que nos parió podrá reconocer nuestra espalda, nuestro guiño, nuestro borroso ser desenfocado por el lente que enfoca al hombre rico, guapo y famoso.

De cuando en cuando, el director, un argentino con un marcado acento, se da sus paseos por nuestra carpa; hace reír falsamente a ésta, le guiña coqueto el ojo a esta otra, le dice a una más: “contigo quiero hacer una escena muy especial, vas a lucir muchísimo y mi película aún más.” Luego regresa al set de filmación y se tarda horas antes de proseguir con el rodaje, porque según nos explica su gran admirador y asistente: “es, lo que se llama, un perfeccionista. Está buscando el ángulo perfecto de la cámara, la cantidad exacta de nubes en el cielo, la inspiración divina.”

Con el pensamiento mantecoso dejo correr el tiempo hasta que el señor director quede satisfecho con el encuadre, con la luz, con el filtro, etcétera, y nos llame al set. En eso, me dan ganas de hacer pipí. Por allá veo el letrero de la monita y el del monito que indican “sanitario”.  Empujo la puerta abajo del monito con vestido.

Dentro hay cuatro retretes en cuatro cubículos alineados contra una de las paredes de la sala. Las cuatro portezuelas de vinil blanco, suspendidas casi por arte de magia con endebles bisagras de aluminio, están entreabiertas juguetonamente en diferentes ángulos. No hay nadie más, qué delicia: silencio.

Entro a un cubículo y al cerrar la portezuela noto que mi cabeza queda por encima de ella. A través del vinil se pueden adivinar, sin detalle, las figuras de los lavamanos de enfrente. Me alzo el vestido, me bajo los calzones hasta debajo de las rodillas y me dispongo a sentarme cuando, por el umbral de la puerta principal, veo cruzar a un hombre apuesto vestido de traje y con una notoria y abundante barba. Con los calzones abajo y el vestido arriba, levanto la voz para ponerlo en aviso: “Señor, creo que se he equivocado, éste es el baño de mujeres, el de hombres está justo enfrente”.

Satisfecha con haber informado al sujeto barbudo, trajeado y confundido, sin esperar respuesta vuelvo a lo mío: vaciar mi ya adolorida vejiga. Bajo la vista para evitar el insalubre roce de mis muslos con la taza del escusado y me encuentro con que sangre de menstruación escurre escandalosamente por mi entrepierna, viscosa ensucia todo a su paso; ustedes digan: calzón, zapatos, tapa del escusado. Unas gotas escarlatas logran escapar hasta estrellarse en el piso.

Tengo que hacer frente a esta situación de manera veloz y eficiente; me voy a echar a media producción encima: traigo puesto el vestido blanco que, para irritación del cuerpo de vestuaristas, el donjuán y su obsesivo perfeccionamiento, había tardado varias mudas en dar su visto bueno.

En una flexión de rodillas y echando la pelvis hacia atrás para dejar fluir la sangre dentro de la taza, jalo una cantidad considerable de cuadritos del rollo de papel delgadito de baño público con aroma a lavanda, cuando en eso me sobresalta una voz masculina. A través de la portezuela de vinil blanco, sin detalle, puedo distinguir un ente amorfo: el titular de aquella voz de barítono que con descaro no deja de hablar.

Olvidada de los motivos que me habían llevado a adoptar esas incómodas cuclillas, me incorporo y me asomo por encima de la portezuela. Otras dos gotas de sangre se estampan contra la baldosa blanca. Del otro lado, a un escaso metro de la portezuela por donde se asoma mi cabeza de avestruz, el hombre trajeado y barbudo habla por celular insolente, sin parecer darse por enterado de mi presencia: “Estamos grabando ya la última escena, wey, saliendo nos vamos por unos drinks al Manhattan, ¿no, wey? Ya no aguanto a esta chusma, no me dejan en paz.”

“¡Señor! ¿Qué sigue haciendo usted por aquí?”, lo interrumpo. “Ya le dije que el baño de hombres está enfrente, del otro lado del pasillo.” Sin voltearme a ver, el señor barbudo y trajeado me hace un gesto déspota que dice: “espérame, ahora no te puedo atender”.

En eso recuerdo que he actuado arrebatadamente, bajo la mirada: ¡¿en qué demonios estaba pensado?! Mi calzón es un batidillo absoluto. Al erguirme, la sangre se había escurrido por mi entrepierna y ahora se secaba dándole a mis piernas el aspecto de un mapa hidrográfico; un charco de coágulos y sangre fresca menstruales se hamaquean en el centro de mis bragas amenazando desplazarse y manchar el vestido blanco aprobado por el argentino coqueto.

Corto del rollo de papel delgadito con aroma a lavanda el cúmulo considerable que tenía en la mano desde hace rato y que el sudor nervioso de mi palma había humedecido, intento absorber con él aquella sanguinolenta ciénaga.

“Cariño, cariño” La voz del barítono al otro lado, al mismo tiempo que unos golpecitos en la portezuela hacen estremecer el vinil blanco y traslúcido. Alcanzo a distinguir los nudillos velludos. Fastidiada por el apelativo de cariño, apenada por el mosaico blanco estrellado con mi sangre menstrual y encorvada sobre ese feroz asesinato sin cuerpo, pregunto: “¡¿Qué?!”

“Nada cariño, sólo para decirte que no te preocupes, no te estamos viendo y terminamos pronto.” Dijo la grave voz masculina con serenidad.

¡¿QUÉ?! Perturbada alzo otra vez la cabeza sobre la portezuela. En el baño de mujeres, al otro lado de la endeble y traslúcida portezuela de vinil blanco, una reunión de varones trajeados se suscita.

El vestido blanco de mi vestuario está totalmente manchado de mi profusa menstruación.

Fotografías de: Rubén Enoc  / Instagram: @rubenocFacebook: Rubén Enoc Gómez Juárez

Para leer sobre el artista y su colaboración con En Sueño, da click en el botón de abajo.

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