El adoptado

Poco antes de morir, don Gabriel le pidió a Hortencia, en un gesto de agradecimiento paradójico -como aquellos que tienen los que cuentan sus últimos días- que se quedara con su único patrimonio: una enorme pecera. Una vez que don Gabriel pasó a mejor vida, Hortencia no tuvo corazón para deshacerse de la herencia del buen don Gabriel a pesar de que el tremendo armatoste resultaba estorboso para su modesta casa y de que a Hortencia no la terminaba de convencer la idea de tener peces en cautiverio.

Una vez resuelto que, más por nostalgia que por otra cosa, conservaría la pecera de don Gabriel, Hortencia supuso que más valdría tener al menos un pececito en ella. Así que fue al acuario y compró uno de estos pececitos que se adhieren con su boca a las paredes de cristal y chupan sus impurezas. Estos pececitos de nombre tan latín: plecostomus.

Lo nombró Plecos. Era muy feo, gris oscuro, con ojos chiquitos y saltones, cabeza chata de animal prehistórico, piel con textura rasposa y aletas que terminaban en ondulaciones de zigzag y picos. Más te hacía pensar en un reptil que en un pez.  Sin embargo, resultaba una buena compra, por un lado, mantendría la pecera de don Gabriel limpia y por el otro habría un pez en ella. Además, resultó ser un excelente compañero para el gato Félix. Todo el día, el gato Félix perseguía a Plecos con la mirada, de cuando en cuando, le metía la patita al agua para ver si lo pescaba, pero Plecos con gran agilidad se sumergía al fondo de sus dominios.

Una noche, ya en piyama y lista para dormir, Hortencia escuchó que el gato lanzaba un maullido lastimoso desde la sala, prendió la luz, se asomó y junto a la pecera vio al gato quejándose y lamiéndose la pata ensangrentada. Plecos no se hallaba más en la pecera, se habría escapado. Aparentemente, había sido Plecos quien le había mordido la pata a Félix para después escabullirse entre los muebles de la sala. ¿Cómo era eso posible? Los peces no pueden sobrevivir fuera del agua y mucho menos pueden caminar y, que Hortencia supiera, los plecostomus no tienen dientes.

De pronto, con el rabillo del ojo, Hortencia alcanzó a ver de debajo del aparato de sonido una silueta similar a la de Plecos, reptando. Era una versión blanqueada de Plecos, engrandecida y con unas patas cortas que se precipitaba para esconderse debajo del desvencijado sillón. ¡Plecos era un anfibio!

Hortencia se agachó y con mucho cuidado se asomó por el resquicio. Suponía por la herida en la patita de Félix que el bicho ese, fuese lo que fuese, mordía, no le fuera a arrancar la nariz. Debajo del sillón, Hortencia se encontró con que Plecos Reloaded estaba al acecho retraído contra el rincón. En ese momento, Hortencia tuvo claro de que debía de matar a Plecos, mas se encontraba en un grave conflicto ético: Hortencia sólo había matado minúsculos mosquitos de los que, una vez reventados en un certero aplauso, brotaba una pequeña gota de su propia sangre, ni siquiera del molesto insecto. Este espécimen, en cambio, se trataba de un ser muy grande, con mucha energía vital y sangre y le daba espanto tan sólo visualizar el atentado.

Sin embargo, Hortencia estaba convencida: debía de hacerlo por más difícil que esto fuera, Plecos reloaded había atentado contra el bienestar de Félix y no podía estar segura de que no fuera a ser ella la próxima víctima. Fue a la cocina y sacó del gabinete el cuchillo más grande que encontró. Volvía a la sala imaginando la aterradora escena en la que hacía sashimi de Plecos, cuando el aludido engendro reptó velozmente hasta detrás del librero. ¡Ahí jamás lo podría alcanzar Hortencia!

Era medianoche, Hortencia estaba cansada, pero la tensión había ahuyentado el sueño. Lo tenía todo previsto, se quedaría a las vivas hasta que el monstruo paleolítico saliera de su escondite con el cuchillo empuñado del mango. En cuanto apareciera blandiría mortalmente su arma contra la cabeza y el torso del enemigo y entonces, la pesadilla terminaría.

Hortencia se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y el cuchillo de cocina en la mano y esperó y esperó, Félix se quedó dormido en el sillón y Hortencia siguió esperando. Le comenzaron a pesar los párpados y empezó a perder control sobre sus globos oculares que bailaban al son del agotamiento. Sacudió la cabeza y esperó y esperó. No se debía dormir, pero sin darse cuenta se quedó dormida.

A la mañana siguiente Hortencia amaneció acostada sobre el suelo con tortícolis y el cuchillo todavía en la mano. ¡Plecos! En seguida recordó su amenazadora presencia dentro de su casa. De un brinco se paró y se asomó detrás del librero. ¡Pero Plecos ya no estaba ahí! ¿Dónde se había metido? Podía estar en cualquier lado de la casa, en la alacena, debajo de la cama, entre la ropa del clóset, detrás de los discos, de la tele, en el basurero. Mas Hortencia lo buscó por todos lados y no lo encontró.

Nunca lo encontró, la pecera se quedó nuevamente sin peces, sus paredes se llenaron de moho, el agua se estancó y se enturbió. Nunca apareció Plecos, pero jamás volvió a dormir tranquila Hortencia en esa casa. Cada noche que se sucedió, antes de acostarse colocaba el cuchillo de su cocina debajo de la almohada en caso de que apareciera Plecos y tuviera que degollarlo.

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