Atardecer mágico

Versión 1: Soñé que estaba en la playa y un mago sacaba de su sombrero de copa el Sol. Lo tomaba entre sus dedos y lo hacía rodar sobre la superficie del mar como si fuera una bola de boliche. El sol llegaba hasta el horizonte y se caía detrás de él. Se pintaba el cielo de mil colores en un acelerado atardecer. (27 de abril de 2015)

Versión 2: La fama del mago Lorenzo se había extendido por todos los confines de la Tierra. Cada noche en una ciudad distinta su nombre brillaba bajo la luminaria de la marquesina de algún prestigioso teatro; carteles con la imagen de su elegante silueta ataviada en frac y sombrero de copa tapizaban calles, tiendas, bares y escuelas, anunciando las fechas y los horarios de su próxima visita; frente a las taquillas, día y noche, una fila interminable de persona que esperaban ilusionadas conseguir uno de los escasos boletos sobrantes. Todos querían atestiguar el gran fenómeno que era el mago Lorenzo.

Según se documenta en los periódicos de aquella época, durante una velada en una localidad no lejos de aquí, el mago Lorenzo, frente a cientas de personas como testigos, subió a elefantes encima de una etérea telaraña, uno por uno y hasta sumar ocho; no conforme, una vez que estuvieron todos trepados sobre la red los columpió. Seguro han escuchado la canción infantil que narra tal hazaña. La gente al ver tal desafío a la gravedad se volvió loca de la emoción, aplaudió hasta que las manos les quedaron rojas y calientes, las mujeres se desmayaron, la prensa tomó cientas de fotos que cubrieron las primeras planas de diarios locales, nacionales e internacionales, los niños en el recreo se pelearon entre sí porque todos querían jugar a ser el mago Lorenzo.

Tras el episodio de los elefantes, en un escenario al otro lado del mundo, el público envidioso de quienes habían asistido al estreno del elogiado acto de los paquidermos, exigió presenciar también algo inédito que pusiera igualmente a su poblado en el mapa del mundo. Frente a asistentes que esperaban boquiabiertos y en vilo, el mago imperturbable se acomodó la corbata de moño y maquinó un nuevo plan.

Así fue cómo surgió la siguiente proeza del irrepetible, fantástico, grandísimo y audaz mago Lorenzo. Con la corbata de moño impecable, el mago agitó su varita mágica apuntando al fondo del sombrero de copa, mientras que de su boca salía el murmullo de lo que historiadores aseguran se trataba de conjuros medievales. Luego introdujo la mano a la capota y para asombro de todos los presentes, al extraerla sacó consigo, a través de aquel estrecho conducto, una columna sólida y gigantesca cubierta con baños de oro y de plata. Una larga y onomatopéyica letra O dejó al público sin aliento. La gente exaltada perdió el control, querían subir a tocar al mágico mago Lorenzo, a besarle los pies y a abrazarlo, los enclenques muchachitos de seguridad del pueblo apenas y pudieron contenerlos.

El alcalde, que observaba todo desde su palco particular, inmediatamente empezó a hacer los arreglos correspondientes para transportar y colocar el pilar en la plaza pública central bajo estricta vigilancia. La columna atraería turismo de todas partes, pensaba el alcalde relamiéndose los bigotes; podría cobrarles a los curiosos por acercarse, por verla y por tocarla; la convertiría en el emblema de su gobierno.

Entre el alboroto, el mago Lorenzo continuó con su acto: hizo resbalar con violencia, sobre el revés de la primera falange del dedo cordial, el envés de la última falange del pulgar de la mano derecha para darle un ligero mal preciso golpe al pilar, al instante éste se rompió en añicos. El alcalde puso el grito en el cielo, sus fantasías megalómanas se desmoronaban junto con el pilar, pero para alborozo del resto de los presentes,de entre los escombros de la columna emergió ni más ni menos que Doña Blanca, que hasta hace unos segundos se le había visto sentadita en primera fila. El público se levantó de sus asientos, chifló, grito y aplaudió hasta con los codos. La euforia y la histeria se contagiaron cual pandemia por luneta, palcos y galerías; se extendió el rumor a las calles de la ciudad y a través de las notas periodísticas a coordenadas muy apartadas.

A partir de entonces en cada función la concurrencia de teatros atestados, le exigía al mago Lorenzo que mostrara un acto extraordinario. Ya no les bastaba, como otrora, que sacara de su sombrero un conejo por las orejas o un ramo de flores para exténderselo a una bella dama; ni que rebanara con filosas espadas a su asistente en varios pedazos, para después aparecerla intacta y en una sóla pieza; ni que adivinara el número y palo de la carta de baraja que había elegido al azar un voluntario del público. Aunque nadie más de los ahí presentes era capaz de realizar estas maniobras, les parecían ya aburridos juegos de niños. Ahora clamaban por algo nunca antes visto, novedoso, excitante y sorprendente. ¡Ver para creer!, vociferaban.

Entonces el mago Lorenzo se acomodaba la corbata de moño: ambos extremos debían estar simétricos, el nudo planchado, las orejas abombadas. Minucioso y paciente se tomaba su tiempo sin ceder a las presiones mientras que su cabeza maquinaba el nuevo acto con el que sorprendería a su público. Siempre tuvo un as bajo la manga para dejar estupefacto al auditorio.

Lugar al que iba el mago Lorenzo lugar en el que se trastocaban las fronteras entre lo posible y lo imposible, lo visto y lo imaginario. No obstante, a pesar de la fama mundial, de los múltiples viajes y de que escencialmente el mago Lorenzo podía materializar absolutamente cualquier deseo extrayéndolo del interior de su sombrero de copa; el mago hacía tiempo que había perdido el gozo por la vida y la capacidad de asombro. Llevaba años dedicado a sorprender a los demás, pero, hacía mucho que nada lo sorprendía a él. En los últimos años había comido en los mejores restaurantes, dormido en los más prestigiados colchones, conversado con los más notables personajes en todos los ámbitos de su época; sin embargo, el mago Lorenzo añoraba aquellos días simplones en que podía estar en casa acariciando los pelajes algodonados de sus conejos. Desde el inicio de esta interminable y extenunante gira, sus pequeños y esponjados roedores se habían tenido que quedar bajo la tutela de su madre, asunto que el mago lamentaba enormemente.

Llegó el día en que el abatimiento fue tal que en plena función, el mago Lorenzo ejecutó su, hoy en día, más célebre acto de magia: literalmente se esfumó de frente a las narices de su demandante público, se lo tragó la tierra y lo escupió delante de una playa desolada como su alma. Pensó que esa vasta masa de agua salina estaba conformada por todas las lágrimas que había contenido su acongojado ser.

El mago enfurecido y frustrado por los caminos errados de la vida sacó de su sombrero de copa el único objeto más febril que su espíritu: el Sol. Caprichudo, el mago Lorenzo, cogió la estrella entre sus dedos, la balanceó en el brazo de atrás para adelante y la arrojó con todas sus fuerzas hacia el océano como si fuera una bola de boliche. La esfera ardiente rodó sobre la superficie del mar y a su paso fue pintando una calle de luz ámbar sobre las inquietas olas. Hacía tanto tiempo que el mago Lorenzo no veía nada tan hermoso que no tuvo más remedio que sonreír. Mas al llegar al horizonte el Sol cayó detrás de él y desapareció. Al perderlo de vista el mago Lorenzo se echó llorar: ahora sí lo había perdido todo, incluso al Sol, se reprochaba. Pero al alzar la vista vio que el cielo se incendiaba en mil colores en un acelerado atardecer.

Aliviado comprendió que la naturaleza seguiría siendo eternamente más sorprendente y mágica que cualquiera de sus actos. (5 de agosto de 2019)

Ilustración digital de: Lucía Sarabia / Instagram: Lucía SarabiaFacebook: Lucía Sarabia

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