Santa tropical

Los grados escolares, los ascensos laborales, los descubrimientos de verdades hasta antes ocultas, son algo así como los niveles de un videojuego. Cada etapa que uno va superando y que dan paso a una siguiente, te hace sentir importante, hinchado, robusto, al mismo tiempo que te llena de nostalgia y miedo. Miedo a que cada escalón trepado te acerca más al destino final.

Era ya diciembre, según esto invierno en el Trópico de Cáncer, pero bien se dice que en Colima existen sólo dos estaciones: la de autobuses y la de calor. Recuerdo perfectamente aquel día en que zambullida en la humedad aplastante de las dos de la tarde, mi mamá pasó a recogernos a la primaria a un grupo de cinco niñas de alrededor de seis años: Karina, Tessi, Estela, Mariana y yo. Le tocaba a mi mamá hacer la ronda y llevarnos a cada una a nuestras respectivas casas después de la jornada escolar. 

Una vez que las niñas nos acomodamos en  los asientos traseros de la combi azul celeste, mi mamá deslizó la puerta por la canaleta con el impulso exacto para lograr sellar su sistema de trabado, pero sin derribarla –todo una ciencia– después se dio la vuelta por el frente, por donde estaba el tumbaburros, para sentarse en el asiento del conductor y arrancó con esa palanca de velocidades que llegaba hasta el suelo y que le daba una apariencia de trailera ruda a la menuda figura de mi madre. 

La piel de nuestras piernitas regordetas descubiertas por los overoles cortos del uniforme se sentía pegajosa; olíamos a lo que huelen los chiquillos que no han dejado de jugar en toda el día sin afectarles una pizca los 33 grados que marca el termómetro, ni el hecho de que la sensación térmica supere con creces esta marca. La tierra del patio de la escuela se había adherido al sudor y acomodado en los pliegues de las rodillas, codos y cuello haciendo finas líneas de mugre. 

Ahí íbamos las seis féminas, satisfechas y contentas rumbo a la hora de la comida en nuestras respectivas casas, rebotando junto con la combi en el empedrado de las calles colimotas, cuando un traumático cambio de etapa irrumpió en mi vida en el momento en que Karina declaró: —Santa Clos no existe, son nuestros papás. —Así de contundente y certero fue el golpe. 

—No es cierto, yo lo he visto con mis propios ojos. — Repliqué. Era verdad, la Noche Buena del año anterior, después de la cena me había ido a mi cuarto sin rezongar y había fingido quedarme dormida porque quería pescar en plena movida al bonachón hombre del Ártico dejando mis presentes debajo del arbolito. No sé, pensaba que quizá debía darle las gracias personalmente por los regalos que me había llevado, reclamarle que nunca me daba lo que yo le había pedido, a pesar de que me esmeraba en mi cartita de ser lo más precisa posible: nombre, marca, especificaciones; también me interesaba preguntarle cómo sobrevivía con esa barba y esas afelpadas prendas en el clima de Colima. 

Así que me metí entre las sábanas, mis papás me dieron un beso en la frente de buenas noches y cerré los ojos mientras aguardaba que todo mundo se fuera a dormir. Tanto esperé que el engaño se volvió verdad: caí en un profundo sueño. Sin embargo, en la mitad de la noche pude remediar mi error, sobresaltada me desperté y me acordé de mi misión. De puntillas y sin encender ninguna luz salí a la sala donde estaban puestos el pinito de plástico ya medio pandeado, que habíamos comprado en el súper dos años atrás, decorado con luces de colores y las esferas y campanas que le había ayudado a mi mamá a hacer con listones amarillos; además del nacimiento, con cuyas figuritas me había divertido jugando todo el mes y que, por ende, le habíamos tenido que pegar con resistol el brazo al pastor, las alas al ángel y la cabeza a la virgen.

—A mí ya me dijo mi hermano Ricardo, que tiene doce años, que sí son los papás.— Regresó al ataque Karina.

Entonces Estela entró a la discusión con un nuevo concepto totalmente novedoso para mí: —No, no son los papás, ni es Santa Clós, es el Niño Dios el que trae los regalos a los niños que nos portamos bien. — Eso sí me tomó totalmente desprevenida. Caché a mi mamá que nos miraba por el espejo retrovisor con una sonrisa socarrona. Honestamente me molestó su burla.

—El Niño ¿quién?— preguntó Tessi igual de confundida que yo. 

—Di-os. — Explicó nuevamente por sílabas Estela con aires de sabelotodo.

—Ash, claro que sí son los papás, yo el año pasado encontré en el clóset el escondite donde mi mamá tenía la casa de Barbie que le pedí a Santa Clós y pues entonces ya me dijo que sí era ella. — Dijo Mariana casi que aburrida por nuestra discusión pueril, lista para hablar de cosas más interesantes como Nicolás, su noviecito.

—Les estoy diciendo que yo lo ví. Sólo un ratito y en la oscuridad porque me dio mucho miedo y salí corriendo, pero estoy segura de que lo ví ahí junto al árbol de Navidad.

—Lo alusinaste.— Concluyó Karina.

De este modo, en aquella tarde sofocante de diciembre, a mis escasos seis años, entró en mí el gusanito de la duda a agujerar la certidumbre y la seguridad sobre mis percepciones. Nunca antes había puesto en tela de juicio lo que con mis sentidos distinguía. Ahora todo era susceptible a interpretaciones y reinterpretaciones. 

Hace unos días, un cuarto de siglo después, también en vísperas de Navidad, pero en la Ciudad de México, en un clima mucho menos tropical, estaba yo tomando un té poco antes de irme a dormir cuando en eso escuché un ruido y un aullido de dolor provenientes de las escaleras del edificio. Me apresuré a asomarme. A decir por el estruendo, un vecino había tomado demasiado ponche con piquete y había rodado peldaños abajo. La verdad me dio mucha gracia encontrarme con que el vecino en cuestión estaba disfrazado de Santa Clos y que se encontraba tirado patas para arriba con una titánica botarga, en el descanso de las escaleras.

Me acerqué apresurada a tenderle una mano y al jalar de ella sin éxito, me percaté de que esa barriga monumental no era producto de ningún disfraz si no del embuche asiduo y abundante. 

—¿Eres Sergio?—Probé con el nombre del vecino más voluminoso.

—Jojojojo— se rió el accidentado con una carcajada ronca y afable.—No soy Sergio, pero entiendo el porqué de la confusión, jojojo— Se volvió a reír de muy buen humor a pesar de seguir embestido con los pies en alto, mientras se sobaba la enorme panza— Soy Santa Clos. A caso, ¿ya no me reconoces, Sofía?

Ahora la que se rió escéptica fui yo: — Ya dime, ¿quién eres? — Pero sin esperar respuesta le dije: —Ven te ayudo, abrázame. Agárrate fuerte. Una, dos, tres, ¡arriba!

–¡Ay, no, no no!— chilló una vez que estuvo de pie. —Creo me he hecho nuevamente un esguince en el tobillo.

Pues con ese peso, ¿cómo no? Pensé para mis adentros. —Pasa a mi casa, tengo una bolsa con hielo que te va a ayudar a desinflamar. — Cojeando él y haciendo un esfuerzo extenuante yo, logramos llevarlo a rastras hasta el sillón de mi casa. Fui al congelador y le traje el hielo envuelto en una toalla. —¿Te preparo un té o un chocolate caliente?— le pregunté.

—Jojojo— como si hubiera sido muy chistosa mi oferta se rió otra vez el hombre macizo antes de contestar. — Sí, por favor, un chocolatito, jojojo.

No entendía en absoluto su buen ánimo, incluso me ponía un poquito de mal humor y a la defensiva, a lo mejor se estaba burlando de mí. 

—Bueno, ¿ya me vas a decir quién eres?

—Jojojo, te digo que soy Santa Clos, Sofía. Quizá no me reconoces porque ya estoy viejito — se le quebró un poquito la voz al decir esto, pero la morriña duró cuestión de segundos pues nuevamente arremetió con una estrepitosa risa noble y dulce que aclaró todo dejo de tristeza. —Estoy viejo y ahora debo repartir los juguetes de los niños con antelación, si no no logro terminar a tiempo. Por eso ando por aquí, vine a dejar los juguetes del departamento 4.

—Pero si esos chamacos se portan re-mal, hasta acá escucho sus berrinches todo el día. — Respondí sin darme cuenta de que ya había aceptado su convención ficticia. 

—Jojojo, todos los niños del mundo se merecen un regalo en Navidad aunque sea uno muy pequeñito, jojojo, incluso los mal portados y berrinchudos.– Dijo con una sonrisa adorable que se alcanzaba a ver entre aquellas barbas y bigotes blancos y tupidos.

—Bueno Santa, ahora tendrás que tomártelo con calma, si no te cuidas ese tobillo no podrás terminar de repartir tus regalos nunca. — Le advertí mientras recordaba jactanciosa aquella discusión en la combi. ¿Qué tendrían ahora que decir al respecto Karina y Mariana?

—¡Eso imposible! ¡Imposible! Ya me esperan los niños con mucha ilusión.— Se alebrestó Santa devolviéndome de mi ensoñación.

—Entonces déjate cuidar y consentir un poco. Te voy a servir un poco de sopita de verduras. — Me paré a calentar el caldo en un pocillo, mientras que el cansado Santa Clos cedía a mis atenciones: se tomaba su chocolatito caliente, con la pierna lastimada en alto y rodeado de cómodos cojines escuchaba en la radio una estación de románticos boleros.

Tras el punto de ebullición, el vapor que se empezó a desprender de la olla con la sopa de verduras calentada para Santa, provocó en mí una sensación febril y bochornosa que me recordó a mi infancia en Colima. 

Fotografías: Carlo Vázquez / Instagram: @carvadi

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