Un trío

El sueño comienza en una atmósfera de alegría generalizada. Cientos de hombres y mujeres, todos sonrientes, celebramos el final de un festival en el que yo estuve trabajando en una posición central.

El director general y el director artístico del festival deambulan y luego caen en un sillón ebrios y con una actitud exhilarate.

Una mujer mayor me menciona que en todo el festival han estado borrachos; no lo dice con reproche, más bien denota que le divierte su actitud: Todo ha salido tan bien que esas actitudes se ven como travesuras, no como ausencia de profesionalismo.

Dos chicas se me acercan y me dicen que quieren celebrar el fin del festival haciendo un trío conmigo. Yo me emociono, no solo porque ambas son muy lindas, sino porque jamás he hecho un trío. Les digo que me esperen unos minutos en lo que acabo de hacer una cosita de trabajo y que las alcanzaré pronto.

En su búsqueda de un espacio privado, se meten a una casa vecina. El problema es que ahí viven unos adoradores de Satán, personas muy malignas.

Cuando me doy cuenta de que están ahí, corro a buscarlas. Las encuentro en una recámara de amplios ventanales que da a un bosque. Ellas ya están semidesnudas, acariciándose. Desde afuera, un jardinero las observa con fascinación, sin ser amenazante. Comprendo su actitud de embeleso, pues son impresionantes. A ellas no parece importarles el jardinero, más bien les divierte.

Yo vacilo entre unirme a ellas o huir, pues temo que lleguen los malignos dueños de la casa. Cierro la puerta y me quito la camisa, pero en ese momento veo que los malignos van llegando. Les digo que huyan y así lo hacen. Son mucho más ágiles que yo, así que se ponen a salvo en instantes.

Yo me escondo en unos arbustos del jardín mientras los malignos me buscan. Decido subir a un árbol altísimo asumiendo que son tan tontos que ahí no me encontrarán. Desde lo alto veo que en el festival siguen todos divirtiéndose. Veo que las chicas están a salvo y eso me hace sentir alivio.

En ese momento llegan cientos de malignos, vestidos como monjes, que hacen un ritual muy complejo, una gran coreografía en filas revolventes. Parte de la coreografía implica subirse al árbol en el que estoy, pero no advierten mi presencia.

Entonces me relajo y pienso que en cuanto se acabe su ritual bajaré del árbol e iré a unirme a la celebración del festival. Sin embargo, justo cuando más alivio siento, una bruja llega volando de manera sorpresiva y se planta frente a mí. Me advierte que voy a morir por haber entrado a ese lugar prohibido.

Se acerca a mí y yo la pateo en el torso, haciéndola retroceder. Eso se repite varias veces sin que yo logre dañarla y ella vuela intacta. Entonces siento que todo está perdido. No soy tan fuerte para dañarla. Mi única esperanza era hacerla caer, pero ya veo que eso no le causa el menor daño.

Cuando vuelve a plantarse frente a mí, volteo a ver la fiesta a lo lejos, siento mucho miedo de morir, y le digo:

“No me mates. Yo soy el hombre más feliz del mundo. Soy un artista, ayudo a todos los que puedo. ¡Además nunca he hecho un trío! Me falta eso por vivir. Por favor, no acabes con una vida tan bonita.”

Veo cómo su rostro va cambiando y su gesto se suaviza. Leo que está considerando dejarme vivir. Y entonces despierto.

Anónimo

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