La casa del islote

Hacía ya bastante tiempo desde aquel día en que la inesperada noticia de la muerte de Javier nos agarró a todos en curva. En aquel entonces, las existencias de sus amigos, familiares y enamorados se habían visto estrepitosamente trastocadas. Yo solía preguntarme: ¿qué se supone que debo de hacer con el resto de mi vida, si ya no vive más el amor de mi vida? 

Embebida en mi propio dolor y egocentrismo, me parecía que nadie a mi alrededor podría entender ni ayudar. Marché en solitario un desgarrador ritual fúnebre lleno de contención. Mi visión se distorsionó para siempre con gotas robustas que resistieron en el ojo sin derramarse más allá del lagrimal. Nuestras cartas de amor, de amargura y de nostalgia murieron junto con él. La sensación fue que me quedé sobre todo sin sus palabras, me quedó únicamente su perpetuo silencio. Un silencio tan intenso como el que habíamos escuchado juntos cuando visitamos las Grutas de San Gabriel. Un silencio ensordecedor, había declarado Javier aquella vez entre estalactitas y estalagmitas. 

Una mañana, muchos años después, cuando la normalidad había encontrado su cauce, estaba yo desayunando quesadillas, cuando por debajo de la puerta se deslizó una carta. No tenía remitente, sin embargo, cuál fue mi sorpresa cuando al recogerla y voltear el sobre, descubrí que llevaba por el frente mi nombre y dirección escritos a mano, con esa letra molde cuadrada, toda en mayúsculas, absolutamente inconfundible. Esa misiva no podía ser de nadie más que de Javi.

Presurosa rompí el sobre por un costado y con la respiración entrecortada saqué del interior una hoja de papel doblada con meticulosidad. Se alcanzaba a ver entre los plisados de origami más de esa tipografía cuadrada que me llenaba de inquietud. Desdoblé la carta en una mezcla de impaciencia y cautela. Era breve y decía sólo así: 

Mañana llegaré a la casa del islote. Tengo una semana . Ojalá puedas pasar a visitarme.

No firmaba nadie, pero era indudable que era de él. Cuántas cosas no cruzaron por mi cabeza en ese momento. Ver a Javier era, sobre todo, la oportunidad de descargar tantas preguntas ontológicas y metafísicas que se habían ido acumulando a partir de su muerte. 

Al día siguiente me desperté a primera hora —la excitación había hecho estragos en mi sueño— agarré mis cosas y me dirigí hacia el río. Desde ahí se alcanzaba a ver, a la mitad del camino entre una orilla y otra, el islote. Una vez en la rivera me descalcé y entré al agua con todo y ropa para poder amortiguar las mordidas de las sanguijuelas que habitaban las aguas de aquel río; aún así, las infelices lograron asirse a las partes descubiertas de mi cuerpo. Luché contra las alimañas y luché contra la corriente fluvial hasta alcanzar la costa del islote. 

Una vez en la arena, me exprimí el cabello y nerviosa, empapada y descalza toqué a la puerta de la única casa ahí. Fue él, Javier, y nadie más quien abrió. Me quedé pasmada…  Seguía siendo él, sus mismos rasgos, su sonrisa de dientes pequeños, su lunar sobre el pómulo, su frente breve, su nariz aguileña. Pero ahora tenía una apariencia más madura. Como seguramente pasaba conmigo.

Nos miramos en silencio, como se mira al horizonte, estupefactos ante la magnitud de los acontecimientos, inundados de dudas, llenos de pensamientos. Una vez que pasó la conmoción nos abrazamos y nos quedamos así: en el umbral de la casa del islote, engarzados hasta que mi ropa se secó y el cielo se obscureció. Me pareció que debía volver por donde había venido. Nadé hacia el lado del río donde había dejado mis zapatos. Llegué a casa y soñé con la casa en el islote.

A la mañana siguiente me desperté todavía más temprano. Nada más me quité las lagañas y salí para seguir mis huellas del día anterior. Dejé mis zapatos donde mismo, crucé el río luchando contra corriente y sanguijuelas y llamé a la puerta por segunda ocasión.

Esta vez, Javi me dejó pasar a la casa. Quisimos hablar de tanto, pero no sabíamos por dónde empezar, había tanto que contarnos, que preguntarnos, que reclamarnos. La luz del día se evaporó y nosotros sólo conseguimos decirnos cosas absurdas intercaladas de silencios incómodos. Cuando se puso el astro rey, regresé a casa empapando mi ropa y mi frustración en el raudal. Llegué rendida directo a dormir.

Salió nuevamente el sol y recorrí por tercera ocasión el mismo trayecto: me descalcé en la orilla, me mojé la ropa, peleé contra las fierecillas de río y toqué la puerta de la única casa en el islote. 

En cuanto me dejó entrar Javi a la casa, estalló de mi boca una sarta de reproches: “¡¿Por qué te moriste?!” “¡¿Por qué me hiciste sentir culpable?!” “¡¿Por qué no me avisaste?!” “!¿Por qué no te cuidaste?!” “¿Por qué no me dejaste que te cuidará?” “¿Sabes lo triste que me hiciste sentir?” “¿Sabes cuánto te extrañamos?” “¿Sabes cuánto te necesitamos?”

Y él respondió al ataque con otra retahíla de recriminaciones: “Me dijiste que me ibas a amar por siempre.” “¿Por qué no estabas junto a mí?” “¿Por qué te fuiste con otro?” “¿Por qué no me cuidaste?” “¿Por qué nunca me visitaste?” “¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!” Alzó la voz, se incendiaron las palabras, los ánimos se inflamaron. Dejamos caer esas lágrimas que llevaban prisioneras tanto tiempo, lágrimas llenas de rabia, de coraje, de impotencia. Nos abrazamos, nos besamos y empezamos a platicar y a reír como solíamos hacerlo en aquella época en que estuvimos juntos y más vivos que nunca. El tiempo se disolvió en alegrías, chistes, discusiones por tener la razón, besos y caricias.

Estábamos tan felices que perdimos la cuenta de las horas y no nos percatamos de que se hacía de noche y de día otra vez y otra vez de noche y de día y de noche y de día. Porque la vida, y por ende la muerte, no es otra cosa que una cadena de ciclos, con ocasionales eslabones perdidos. Ya no regresé más a casa, abandoné mis zapatos a su suerte en la orilla del río de corrientes fuertes y sanguijuelas molestas. Me quedé seca y a salvo junto a Javi en la casa del islote.

Era todavía de madrugada cuando abrí los ojos y descubrí estaba sola en la cama. Me paré a buscar a Javi y lo encontré en el sillón de la sala, de espaldas a mí, leyendo. En cuanto me oyó se viró sonriente, pero alcancé a notarle una maraña rara en la parte de atrás del cabello.

“Voltéate un segundo, deja veo algo”. Le pedí.

Me aproximé para examinar de cerca la maraña: Era sangre apelmazada en el pelo. Tenía, como me temía, una herida brutal y espantosa en la mollera, pero él no daba mayores señas de dolor.

“Javi, ¿hace cuánto que llegaste a la casa del islote?” pregunté afligida.

Hizo cálculos y memoria con ayuda de los dedos antes de contestar: “¡Sofía, hoy es el octavo día! ¡Se me hace que se les olvidó que tenía que regresar! ¡Vamos a poder estar juntos para siempre!” Me dijo llorando de alegría. 

Ver su alegría ignorante de lo que pasaba a sus espaldas, me hizo llorar a mí. Y entre lágrimas le confesé: “Javi, te estás muriendo. Javi, no te mueras otra vez, por favor, no me dejes otra vez. Espérate, quizá si te hago un torniquete y paro la herida.”

“¿Cuál herida? ¿De qué hablas, Sofi?”

Sin contestar, corrí por el trapo de la cocina y con presión lo envolví sobre su cabeza. El trapo amarillo se tornó rojo oscuro y brillante rápidamente.

“No te mueras, Javi, te voy a salvar esta vez, Javi.”

Pero el chorro de sangre no cedió y Javi fue perdiendo paulatinamente litros de sangre, la conciencia y finalmente, de nuevo, la vida.

Fotografías: Carlo Vázquez / Instagram: @carvadi

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