Habitación esférica

Topé con una puerta roja. Sin dudarlo giré el picaporte y la empujé. Entonces entré en una habitación como nunca había visto ninguna otra: una habitación esférica erigida en cristal. Las paredes, el techo y el piso eran de vidrio transparente y curveado. Para ser precisos, las paredes eran, en realidad, no plural, sino singular: era una única pared que se continuaba convirtiéndose en cada uno de los demás muros: el piso se tornaba en techo y paredes; y el techo en paredes y piso.

Dentro de la habitación esférica se sucedía, incuestionable para todos los sentidos, una asamblea Importantísima. En el punto más bajo de la esfera, una mujer elegante de lentes con montura puntiaguda, vestida de traje sastre y con un chongo alto del que no se escapaba ni un solo pelo, exponía un tema que parecía primordial para los demás asistentes. Con un puntero, mientras hablaba, iba señalando los gráficos y breves textos resaltados en colores brillantes, sobre un pizarrón que se sostenía de unos cables descolgados del polo opuesto de la habitación, allá a lo alto.

Además de la expositora, ocho personas más ocupaban el espacio sentadas alrededor, sobre un peldaño que se extendía a lo largo del mayor perímetro circular y horizontal del salón. Estas ocho personas debían echar el torso hacia adelante sobre sus muslos —muchos de ellos recargando barbilla sobre palma y, a su vez, codo sobre rodilla— para poder asomarse al hemisferio inferior y escuchar con atención a la mujer. Encontré un espacio vacío en la repisa del auditorio y reptando por la curvatura de la pared-piso-techo me senté entre dos hombres trajeados, con los zapatos lustrosos, que destilaban loción para después de afeitar.

Quise mimetizarme, fingí poner atención, pretendí estar en el lugar correcto y saber perfectamente de qué se trataba aquel concilio. Sin embargo, me representaba un enorme esfuerzo conservar la atención: del otro lado de las ventanas convexas del esférico salón, se cruzaban anómalos distractores. Me esforcé por escuchar lo que decía la mujer, pero cada vez que me esmeraba, el rabillo de mi ojo captaba algo afuera de la habitación más emocionante que esa Importantísima asamblea.

Como poseída por una fuerza superior, perdí el recato y me torné descaradamente de frente hacia aquello que me hipnotizaba, e hincada sobre la repisa y con la cara contra los cristales convexos, vi con claridad eso que imposibilitaba mi concentración: misteriosos cuerpos de naturalezas caprichosas circulaban a través de una absoluta oscuridad. Algunos avanzaban lentamente, otros vertiginosamente, a veces aceleraban el tránsito, en otras ocasiones, bajaban la velocidad. Se acercaban y se alejaban, giraban sobre su propio eje.

Escudriñé con mayor atención aquello que acontecía a través del vidrio y se me erizó la piel al darme cuenta de que la habitación esférica en la que estábamos, igual que esos cuerpos, estaba suspendida, moviéndose en la oscuridad en trayectorias elípticas. Ahora era evidente: se trataba del cosmos, y los cuerpos en el exterior no eran sino astros: planetas, estrellas, asteroides, lunas, etc.

Al centro del salón, la reunión continuaba. Alcancé a percibir que se proyectaban diapositivas y que la mujer escribía copiosamente en el pizarrón, escuché que se hablaba de cosas trascendentales, pero yo simplemente no conseguía entender nada. Por más que intenté recuperar el decoro y volver la cabeza a lo que sucedía al interior, no pude: estaba absorta con el exterior, hipnotizada con el movimiento de los astros. Nunca los había visto tan claramente: su luz, sus figuras, sus huecos, sus colores, su consistencia.

En eso, lo que pudo haber sido una estrella fugaz pasó tan cerca, tan rápidamente que me asusté: ¿y qué tal si uno de ellos —de los astros—, una estrella quizá, se estrellara contra nosotros? ¿Sabrá el vidrio no estallarse? ¿sabrán estas personas cómo actuar? ¿qué hacer, dónde meterse?

Todo daba vueltas, las estrellas, nosotros, los planetas, adentro y afuera. Las estrellas fugaces amenazaban con chocar contra nosotros o entre ellas; lo mismo los asteroides, las lunas, el mismo cosmos, los agujeros negros, nosotros, todo se movía, todo giraba, todo circulaba, afuera y adentro, afuera y adentro; yo, nosotros, los planetas, las estrellas, alrededor, en círculos, afuera y adentro, afuera y adentro.

Quiero vomitar, me siento mal, mi cabeza también da vueltas, deténganse, ¡un momento, por favor!

“Señorita Ramírez, ¿está bien? ¿hay algo que podamos hacer por usted? La noto muy inquieta.” Escuché una voz entre los asistentes del simposio que se dirigía hacia mí. Traté de enfocarlo, pero todo eran manchas difusas que giraban y giraban y giraban… y giraban.
“Sí señor, ¿habrá manera de detenernos o de detener todo este ir y venir de astros? Por favor, estoy muy mareada” Imploré.

“Lo siento, nada de esto se puede detener, pero si quiere podemos cerrar las cortinas y dejará usted de percibir el movimiento.” Escuché a lo lejos, casi en mis sueños.
“Por favor” Alcancé a murmurar al borde del desvanecimiento.

En ese momento, se bajaron unas persianas rojas que envolvieron las curveadas paredes de cristal del cuarto, dejándonos aislados de todo acontecer en el exterior.

De inmediato, todo se asienta, dejo de ver los cuerpos ajenos y sus movimientos fantásticos. Y así, a la vez, me dejo de percatar del movimiento de nuestra propia esfera.

Quietud.
Esferas.
Calma.
Paz.
O.

Fotografías: Víctor A. Zúñiga / Instagram: @victorz_photo

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