El sillón verde mullido

Ahí estaba Ella otra vez. Después de tanto tiempo se volvía a sentar en aquel sillón verde olivo que detestaba desde siempre. Sentarse en él significaba una condena: el mueble la absorbía, la hundía, la deglutía a sus profundidades; levantarse de él era una proeza.

Él la miraba en un silencio incómodo, la examinaba de arriba abajo, de abajo arriba, como un jaguar que acecha a su presa. Ella fingía no darse cuenta de estar siendo observada, mas ladeaba la cabeza dejándole ver su mejor ángulo. Ella tampoco tenía nada que decirle, se entretenía con la tela afelpada del sillón: peinaba con la mano los pelitos del terciopelo hacia una dirección y ésta se tornaba más oscura, en el sentido opuesto y entonces se aclaraba. Los botones grandes forrados de la misma tela fruncían los cojines del sillón por el centro.

En el pasado Ella se había dicho: “No es que Él no me quiera, el problema he sido yo: seré menos quejumbrosa, más comprensiva, menos susceptible, más complaciente.” En el pasado nada de esto funcionó, ¿por qué sería distinto hoy? “Porque ahora soy más fuerte, más rápida y me tiene sin cuidado lo que piense o no de mí. No lo necesito.” Se trataba de convencer.

Cuando estuvo frente a la puerta se detuvo largamente antes de decidir hacer cualquier otra cosa. Esa puerta de madera pintada de blanco que tan bien conocía, con sus frisos rectangulares, su picaporte cobrizo y la mirilla que amenazaba con la posibilidad de un vigía en el interior. 

“Güera, güerita, cómo te extraño, ¿por qué no vienes a visitarme y nos tomamos un té?, tenemos mucho que platicar.” Él había usado los mismo trucos de siempre: “Te quiero mucho, mi güera”,  había dicho antes de colgar el teléfono. Aunque Ella no era tonta no pudo evitar ilusionarse, por un instante le cruzó por la cabeza la idea de que quizá en verdad se había arrepentido, de que tal vez por fin se había dado cuenta de lo valiosa que era. Pero no, no era tonta, Ella sabía que pronto, cuando fuera ya demasiado tarde, se arrepentiría de entrar.

A pesar de que nunca tuvo el juego de las tres llaves, aún recordaba en qué orden había que introducir cuál llave en cuál cerradura y cómo hacerlas girar para poder entrar en aquel departamento en el que había sido tan infeliz: primero la que tenía forma de desarmador en cruz, tres giros hacia adentro jalando el picaporte, luego la plana, media vuelta a la derecha y media a la izquierda para sacarla y después una convencional, dos giros hacia afuera.

Un queso esperando a ser comido por un goloso roedor… Se suelta el resorte, se acciona la trampa y la ratonera cae aplastándola, dejándola inmovilizada, sofocada, agonizando con las vísceras reventadas y sin nada que hacer hasta que llegue el último suspiro.

Frente a la puerta se quedó atónita evaluando las circunstancias, la inutilidad y lo absurdo de su presencia ahí. Entrar a ese departamento era abrir una caja de Pandora repleta de demonios de una historia aburrida, triste y sombría. Le faltaba el aire, sentía una presión en el corazón, estaba mareada, quería darse la media vuelta y correr lejos de ahí, pero como un alcohólico frente a la botella, Ella se dejó seducir por el canto de la sirenas y se aventó a la profundidad del océano a nadar con ellas: Ding, dong.

Él abrió la puerta: “Pásale, güera.” Dijo como si nunca se hubiesen dejado de ver. Ella obedeció como antes, como siempre, y estoy casi segura de que entró cabizbaja. “Siéntate.” Y ella sin dudarlo se sentó en el sillón verde mullido que detestaba desde siempre.

El sillón y, en realidad, todo lo demás en esa casa y en ese sujeto –los cuadros, los libros, el auto, su forma de vestir, su trato– eran una combinación de impostura, mal gusto y pretensión, como copia de alguna  revista que te dice cómo vivir, cómo sonreír, cómo ponerte la colonia. Desde el comienzo de aquella historia aquel sillón absorbente había sido indicio de que se estaba metiendo en aguas pantanosas. Sin embargo, en aquel entonces (y ahora otra vez), ella decidió hacer caso omiso a su intuición, a la que tachó de insensata y demente, y se apoltronó en el sillón verde olivo mullido.

Sentada ahí un escalofrío recorrió su espalda, su organismo pudo revivir las sensaciones y los pensamientos compulsivos de aquella tortuosa etapa: “no soy suficiente, no valgo nada, nadie me quiere, no entiendo para que vivo”. Se seguía sorprendiendo de haber perdido de esa manera el control de la situación; siempre había considerado tener las riendas del caballo bien agarradas, pero ese hombre, evidentemente, había tocado algunas fibras sensibles y había hecho relinchar al caballo embravecido. No obstante, estaba ahí otra vez, en la cueva del depredador, en la jaula, en su trampa.

“¿Te preparo un té o abro una botella de vino?” “Té está bien, gracias”. Él se paró y se dirigió a la cocina.

Ella aprovechó para revisar su celular. Ningún mensaje de Pepe. Pepe estaba en una junta de trabajo y no se desocuparía hasta las siete, eso le daba tres horas más. Pepe no tenía porqué enterarse nunca de todo esto, pero ella no podría olvidarlo, ella lo sabrá por siempre. Lo sabrá en la noche cuando vea a Pepe en la casa, cuando se sienten a la mesa a cenar y Ella le pregunte como todos los día que cómo le había ido; lo sabrá cuando él le pregunte ¿y a ti?, y tenga que mentir nerviosamente diciendo un pretexto que suene factible. “Fui a tomar el café con Mariana, fui a clase de yoga, estuve leyendo”; lo sabrá cuando él satisfecho por su respuesta y sin dudar una pizca en ella sonría y la abrace y le proponga ver un episodio más de la serie con la que estaban picadísimos. Lo sabrá por siempre. Ella tendrá por el resto de la vida la culpa de ese día en que no le dijo a Pepe que necesitaba cubrir una cuota con el pasado.

Ese día necesitaba más de la  persona que la había hecho sentir menos, mediocre, inútil, que del hombre que la había hecho feliz cada día. Necesitaba que le dijera su verdugo que la había extrañado, que la abrazara, que le dijeran que se había arrepentido de dejarla. No porque pensara dejar a Pepe por Él, pero porque nadie más podía lamer esas heridas.

 Y ahí estaba Ella esperando hundida en el sillón verde mullido esperando lo que nunca iba a suceder mientras Él esperaba que hirviera el agua para el té en la cocina.

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