Ciegos

Al principio no entendí porqué teníamos tanto miedo. No había crujidos, ni tañidos, ni murmullos, ni susurros, ni gemidos, ni silbidos; hasta el viento tuvo miedo y enmudeció. Aguantábamos la respiración rígidos porque cualquier movimiento, por mínimo que fuese, hubiera roto con el silencio. Únicamente un oído agudísimo podría haber escuchado el batir de cientos de corazones convulsos.

¿Cómo exactamente es que percibimos la presencia de otros cuando estamos privados de la vista? ¿Cuando estamos dormidos y sentimos que alguien nos observa? ¿Cuando nos volteamos porque sentimos que alguien nos mira a nuestras espaldas? ¿Cuando tenemos los ojos vendados, nadie habla y, sin embargo, sabemos que no estamos solos? ¿Será el calor que irradian, el sonido de su respiración, el aire que exhalan, el latido de su corazón?

Era curioso, no sólo sabía que había alrededor mío mucha gente que, como yo, tenía los ojos vendados, sino que podía comprender cómo estábamos dispuestos: estábamos sentados en gradas. Como si estuviéramos listos para ver un espectáculo que no podíamos ver. No sólo lo sabía porque sentía los huesos iliacos clavados en la tabla, sino porque podía percibir que las cabezas frente a mí estaban más abajo que la mía, las de atrás más arriba y que a mi derecha y a mi izquierda se extendían hileras de testas que se erguían más o menos a la misma altura que la mía.

¿Por qué teníamos miedo? ¿Por qué no nos quitábamos las vendas de los ojos? La respuesta no se hizo esperar.

¡Los voy a matar a todos, bola de imbéciles! Si un pendejo, ¿me oyeron?, si uno solo, se hace el valiente y se quita la venda de los ojos, se los juro que me los chingo a todos de una buena vez; a todos. ¿Me oyeron, pedazos de mierda?

Ese hombre o, mejor dicho, esa voz estentórea, metálica, explosiva que daba de alaridos era el motivo de que todos los ahí presentes fuéramos presos del pánico. Presos dentro de nuestro propio cuerpo y mente. Paralizados asfixiábamos nuestros pensamientos. Pensamientos que gritaban aterrados dentro de nuestra cabeza pidiendo auxilio, exigiendo explicaciones, queriendo entender, queriendo ver. Gritos que hicieron eco, rebotando de un lado a otro, entre el cráneo y la masa encefálica, sin encontrar nunca la salida. Nuestros labios estaban sellados con un miedo espeluznante.

Sentados en gradas, los hombros a lado de otros hombros, los pies detrás de unas sentaderas, las sentaderas delante de unos pies. Unos junto a otros y al mismo tiempo solos. Aislados por el miedo, por las agresiones de un desconocido agente del miedo. Éramos espectadores de una función de violencia que una venda nos impedía ver.

Los gritos callaron y pasó el tiempo y no regresaron, pasó más tiempo y más y nada. Esperamos sumidos en el silencio absoluto y el terror no disminuyó, por el contrario, la dilación se volvió martirizante. Quizá nuestro celador se había marchado, pero quién sería el valiente, o el pendejo —como había gruñido la voz— que se quitaría la venda para comprobarlo. Nuestro peor temor nos defraudó y la violencia regresó:

¿Quién de ustedes, BOLA DE IMBÉCILES, ¿ESTÁ RESPIRANDO TAN FUERTE? Les dije que se callaran. ¡Se van a toda su reputísisima madre, hijos de la chingada! ¡Ahora sí, ya se los cargó el payaso! ¿Quién es el del problema de bronquios? Tú, tú eres.

PUM, ¡AHHH!, TRAZ (bala, agonía, se desploma un cuerpo de las gradas)

Nadie sollozó, nadie dejó caer una lágrima, ni intentó vengar la muerte del compañero, nadie dijo nada, nadie se movió, nadie se quitó la venda; pero eso sí, todos procuramos aguantar la respiración, respirar sólo cuando fuera muy necesario, sólo para sobrevivir.

Nuevamente un silencio pasmoso y angustiante reinó durante un tiempo impreciso; se prolongó suficiente para que al menos yo albergara la esperanza de que ahora sí, ahora sí nos había dejado en paz. Me dolía el cuerpo por la rigidez, me dolía la cabeza por el eco de los pensamientos, me dolía el corazón del miedo. Pero el silencio sólo fue el preámbulo de otra ráfaga de insultos, esta vez más agresivos, intolerables y dolorosos que mi pluma pudorosa se niega a seguir transcribiendo.

El ciclo se repitió hasta que perdí la cuenta. En cada descanso de los ladridos de nuestro verdugo creí que ahora sí ya no volvería. Mas siempre, tarde o temprano, volvió.

No tenía noción del tiempo, pudieron haber pasado minutos, horas, días o años enteros, pero no había querido orinar, no me había dado hambre, ni mucho menos sueño. Había estado tan concentrada en estar lo más quieta posible que eso incluía a mis vísceras.

Llego la vez que todo fue distinto: durante el despotricar del inmundo ser me entraron unos deseos incontrolables de dejar de mostrarme indiferente a sus ofensas, un apetito de justicia, me sentí todavía con mucho miedo, pero arriesgada y, así como así, de un jalón me arranqué la venda de los ojos que venía cegándome hasta entonces.

Y, ¿qué fue lo que vi?

Primero que, en efecto, lo que había adivinado por el calor humano, las vibraciones sonoras de sus corazones o la energía de sus almas, era real. Estaba sentada en unas gradas junto con otras personas, diría alrededor de diez individuos, no quizá cien, no estoy segura, tal vez mil o millones. Personas que no se movían, que no hacían ruido y que tenían un pedazo de tela sobre los ojos impidiéndoles ver otra cosa que no fuera oscuridad.

Y al final de las gradas, a la altura del piso, por fin, se completó la imagen del espectáculo: la materialización de la voz que arremetía contra nosotros, un cuerpo con un rostro.

Un hombre contrahecho que caminaba con bastón, arrastrando con torpeza la pierna. Junto a su estropeada cadera portaba una pistola. Lo más importante aquí es que nunca notó que me había quitado la venda y no lo notó porque, aunque seguía vomitando sus sádicas y purulentas palabras, tampoco podía ver: en donde deberían estar sus ojos habían dos cuencas vacías.

Así que no se enteró de mi rebeldía cuando estrepitosamente salté de una grada a otra como alma que lleva el diablo. Al tocar el piso sólido grité: “Está ciego! ¡Quítense la venda! ¡Huyan!”. Pero para mi sorpresa nadie se movió, nadie pareció haberme oído, quizá seguían paralizados por el terror, tal vez eran maniquís, pero entonces ¿cómo habría podido percibirlos si no fuera por su respiración, ni su calor, ni sus latidos, ni su alma?

La voz inhumana y robótica gritó: “¡Los voy a matar a todos, CABRONES!, ¡A TODOS!” Siguió gritando, pero jamás desfundó su arma, ni intentó seguirme, ni supo que me iba, así que continué corriendo. Cada vez escuchaba las ofensas más lejos y más quedito.

Cuando ya había corrido mucho, muchísimo, demasiado. Pasó delante de mí un carro tirado por caballos que galopaban haciendo rebotar la cabina que llevaban detrás. Se detuvo, me subí y me trajo hasta aquí, hasta aquí junto a ti que atento escuchas mis palabras y lejos de allá, de los gritos, el miedo, las ofensas, la parálisis.

Video (abajo) de: Rubén Enoc / Instagram: rubenocFacebook: Rubén Enoc Gómez Juárez

Para leer sobre el artista y su colaboración con En Sueño, da click en el botón de abajo. 
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