Tuve una vez una novia

Tuve una vez una novia. Era una mujer peculiar y arisca; de semblante recio, boca ancha, ceja poblada, pómulos prominentes y caballona, pero frágil y esquiva como gatito que suscitaba en mí los más primitivos instintos de afecto y protección. 

Para el relato es también importante mencionar la foto familiar que colgaba sobre la pared de su sala: dentro de un marco sencillo color rosado, su madre, su hermana y ella sonreían delante de un árbol marchito en una foto en blanco y negro de muchos años atrás. En ella podía uno reconocer la cara de Agustina redondeada por la inocencia en el cuerpo de una niña pequeña de vestido floreado.

Desde que empecé a pasar las noches en casa de Agustina esa foto se había apoderado de mí. Cuando en las mañanas —que por lo general me levantaba antes que Agustina— salía del cuarto de puntillas para no despertarla, me iba a la sala a entretener el tiempo. Ya fuera que tomara un libro del estante, encendiera la televisión, me sirviera un tazón de cereal o, simplemente, me acostara en el sillón con la mente en blanco, la fotografía familiar desde su puesto protagónico atrapaba mi atención de inmediato, me obligaba a encararla. Había algo en ella que me seducía al mismo tiempo que me inquietaba. 

Agustina jamás hablaba de su infancia, si no fuera por esa fotografía y su ombligo uno podría asegurar que había nacido como Venus, de una concha ya con ese cuerpo de adulta bien formada. Independientemente de las ramas desnudas del árbol al fondo de la imagen, aunque las tres figuras sonreían al lente, había un dejo de melancolía en la composición total. El gallardo, incluso arrogante, talante de la mujer contrastaba amargamente con el de las niñas de mejillas rebosantes, coletas y vestidos campiranos que miraban con timidez a la cámara. La madre, detrás de unas gafas oscuras, posaba con dominio luciendo un elegante juego de pendientes y gargantilla de diamantes. Saltaba a la vista que Agustina no se parecía en lo absoluto a su mamá, ni físicamente ni en modos. 

Un día Agustina y yo dimos un paso más en nuestra relación: me presentó a su hermana. Quedamos de encontrarnos con Aldonza en un restaurante italiano de manteles a cuadros blancos y rojos y velas escurridas que yo sugerí. Era la primera vez que Agustina le presentaba una pareja a su hermana así que ambas estábamos bastante nerviosas, mas cuando llegó Aldonza me pareció que ya nos conocíamos de tiempo atrás, figuré que era por esa foto que había examinado tantas mañanas a detalle. Sus rasgos delicados de ratoncito y su tez blanca eran idénticos a los retratados años atrás. 

Aldonza y yo nos estrechamos la mano con cortesía y las hermanas se abrazaron antes de sentarnos a la mesa. Con Agustina a mi lado derecho, aferradas de las manos sudadas, y Aldonza delante de mí, comenté: — He escuchado que se come muy bien aquí. Me recomendaron la boloñesa.— Las dos sonrieron complacientes y a continuación, Aldonza sacó ceremoniosamente de su bolso unos lentes de vidrio muy grueso y de metal excesivo que se colocó sobre el tabique de la nariz. Más parecían aparatos optométricos que anteojos. Las tres alzamos las carpetas con el menú y repasamos la carta con solemnidad, ocultando nuestros rostros la una de la otra.

Prácticamente en silencio aguardamos a que el mesero trajera nuestros platillos y una vez que estuvieron estos sobre la mesa, la conversación no fluyó mucho mejor. Comimos incómodas escuchando el masticar de las otras, cuando por romper el hielo le pregunté a la hermana de Agustina que si sus lentes no habían sido motivo de burla en la escuela. No sé porqué se lo pregunté, supongo que estaba desesperada por empezar como fuera la plática. Me contestó que no, que porque nunca habían ido, ni ella ni Agustina, a la escuela: —No me habías contado eso, amor.— Le dije a Agustina dándole una palmada de reproche en la pierna. Me volví con Aldonza: —Pues, qué bueno, te salvaste de que te molestaran los niños por cuatro ojos. — Ella no contestó más allá de un ligero mohín antes de seguir comiendo su minestrone. Me sentía culpable de mi lengua suelta, pero más tardé yo en reprocharme mi falta de tacto que las hermanas en olvidar el incidente. —¿Te acuerdas aquella vez que la bruja maldita de mamá nos rapó para no tenernos que peinar? —Pronto las dos se envolvieron en una acalorada plática familiar de la que yo únicamente alcanzaba a rescatar el mucho rencor hacia la madre.

La dinámica se repitió cuantas veces nos encontramos las tres: un taciturno e insoportable mutismo seguido de un despotrique desenfrenado contra la progenitora. En lo particular, prefería mantenerme al margen de esas conversaciones y evitar esas reuniones: —Ve tú sola con tu hermana, amor, para que hablen entre ustedes sus cosas de hermanas. —decía, pero no siempre logré zafarme.

Llevábamos casi un año de novias Agustina y yo; ya prácticamente vivíamos juntas -tenía toda mi ropa en su casa- cuando ésta me informó apesadumbrada que su mamá venía de visita y se quedaría tres días con nosotras. 

El día que llegó fuimos al aeropuerto en mi auto Agustina, Aldonza y yo al volante para recibirla. En el camino las hermanas iban más calladas que de costumbre, imagínese usted. Yo trataba de amenizar el ambiente contándoles de una película de ciencia ficción que había visto el otro día, sin conseguir ninguna réplica.

En la pista del aeródromo decenas de reporteros y fotógrafos de espectáculos esperaban impacientes a una celebridad. Aterrizó una avioneta inquietando a los  fisgones, de dentro apareció una mujer en sus cincuenta, despampanente, muy elegante, ajuareada bellísimamente y escoltada por un hombrecillo que le cargaba la maleta . Cientos de flashes se dispararon, los micrófonos se peleaban por acercarse más y agentes de seguridad por alejarlos más. Era la famosa (en muchos sentidos) mamá de Agustina y Aldonza, una estrella de cine.

La mujer se abrió paso entre admiradores y paparazzi para de manera escandalosa abrazar y besar a sus hijas e incluso a mí. Las tres quedamos con toda la cara repleta de labial rojo y con el aroma de su perfume impregnado hasta el cerebelo. Agustina y Aldonza contestaron el saludo con la efusividad de unos muñecos de trapo.

Los fragmentos de discusión que había escuchado entre las hermanas en nuestros encuentros ahora cuadraban: la madre durante largas temporadas había dejado a sus hijas a cargo de la sirvienta mientras ella rodaba películas, asistía a estrenos y festivales o hacía viajes con amigos y amantes. Las visitaba por escasos días, las llenaba de regalos y de besos color carmín y olor a gardenias y regresaba a su mundo de la farándula. Ahora todo encajaba: el carácter de Agustina, la complicidad con la hermana, su odio a la madre.

Mamá alzaba la voz hasta el hombrecillo que le cargaba el equipaje: —Tiburcio, saca los helados y repártelos. — Y ahí mismo en el aeropuerto, corresponsales y camarógrafos, sobrecargos y pilotos, gente que esperaba su vuelo y quienes recién aterrizaban recibieron de manos de Tiburcio una generosa porción de los helados más sabrosos que jamás haya probado. Había uno de tiramisú con trozos de almendra y otro de pistache que eran de llorar de felicidad. 

Agustina me veía con mirada reprochante, pero yo me lo comí. Tenía culpa, pero quería más. 

Dibujo en tinta de: Jonathan David Gainz / Instagram: @jonathan_gainz / Facebook: Jonathan David Gainz

Para leer sobre el artista y su colaboración con En Sueño, da click en el botón de abajo.


		
	

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