El informante incorpóreo

Esto que estoy por contar sucedió apenas el domingo pasado cuando fuimos Ignacio y yo a casa de Ale a visitarla. Como siempre, desde que David abrió la sucursal de su negocio en Tijuana y se fue para allá a vivir, Ale estaba muy ocupada haciendo veinte mil cosas: atendiendo a su hija que ora quería comer, que ora quería ir al baño, que ora no encontraba su juguete favorito, que ora quería ver otra caricatura; además mandaba paquetes a la oficina con el chofer, enviaba e-mails a los proveedores de Tijuana, pagaba recibos que vencían justo ese día, daba órdenes a empleados, solicitaba el envío de un nuevo disco duro, llamaba al contador para aclarar unos detalles. Todo esto sin salir de la casa y sin goce de sueldo.

Ale iba y venía de un cuarto a otro y regresaba a la estancia con nosotros sólo un instante para ofrecernos un vaso con agua, un café, unas galletitas, antes de volverse a ir. Entonces se atareaba nuevamente, regresaba, escuchaba media anécdota y se volvía a ir. 

Ignacio y yo nos aburrimos de verla trabajar, nomás estábamos estorbando, así que nos subimos a la planta alta de la casa donde hay una salita muy cómoda frente a la puerta de la habitación principal. Desde allá arriba podíamos escuchar el trajinar de la casa: Victoria haciendo las voces de todos sus muñecos involucrados en una trama psicótica; la tele de dimensiones cinematográficas encendida en el canal para niños; Ale yendo y viniendo; Juanita, la empleada doméstica, pasando la aspiradora por la estancia principal; el chaca chaca del centro de lavado en acción. 

Sentados en la sala, Ignacio y yo nos dimos un besito inocente e inofensivo, chiquito y pueril. Sólo queríamos sacudirnos el tedio, recordar que era domingo y que el sano esparcimiento no era sólo un derecho, sino una necesidad. Pero, había algo de excitante en toda la situación, en el rumor de allá abajo, en lo cómodo del sillón, así que con mi lengua abrí los labios fruncidos de Ignacio en un ósculo provocativo que exploraba su cavidad con deleite, que saboreaba sus comisuras y reñía cuerpo a cuerpo con su símil. Ignacio me siguió el juego y metió su mano en mi sostén para estrujar mi teta que ya tenía el pezón estimulado y restregó su miembro duro que se sintió, aún a través de los pantalones de mezclilla, tibio en mi vientre, me monté y me froté sobre él. Una cosa nos llevó a la otra y terminamos desnudos haciendo el amor en la salita de arriba. 

Somos un par de sin vergüenzas, no sólo no nos importó que nos descubrieran Ale, Juanita o, peor aún, Victoria, sino que por el contrario el riesgo nos incitaba. Las carnes convulsas, el ritmo, las secreciones y el olor a sexo eclipsaban lo ajeno al acto. Intentar contener los gemidos y los jadeos tenía un resultado opuesto. Me mordía los labios, apretaba los ojos, se me nublaba la vista, la mente, se me paraba el corazón en una sucesión de pequeñas muertes. 

Hasta esta parte de la narración habrá quienes se hayan escandalizado, pero todos admitirán que se trata de una historia verosímil, factible y erótica. Sin embargo, lo que a continuación estoy por contar desafía a las mentes más suspicaces y desconfiadas. Yo sólo tengo que decir, crean lo que quieran creer, pero así fue exactamente cómo me sucedió.

Regresemos al domingo pasado por la tarde, a la escena amatoria en la sala de arriba de casa de Ale. Estaba yo encima moviendo las caderas cuando Ignacio propuso un cambio de jinete. En el cambio de posición del Kamasutra, Pegajoso, el fantasma verde de los Cazafantasmas, aprovechó la salida del pene de Ignacio para acomodarse en la punta de su glande a modo de mascarón de proa; cuando volvió a entrar en mi vagina, el espíritu profano aprovechó el aventón hasta el interior de mis entrañas. Pegajoso se instaló agazapado en mi matriz, pero no para gestar a un mesías nueve meses después, sus intenciones eran otras mucho más negras, o verdes mejor dicho.

Percibí el momento exacto en que el fantasma irrumpió en mi ser y me percaté de inmediato de que su único propósito era el de espiarme, escuchar todas mis conversaciones y chismeárselas a mi jefe. Hacía tiempo —desde mi intento fallido de levantar una revuelta en contra de las injusticias laborales— que era persona non grataen la oficina. 

Aquella interferencia siniestra terminó abruptamente con la lujuria. Cambié las voces gozosas por las de alarma y le susurré a Ignacio al oído muy bajito para que Pegajoso no nos escuchara desde el vientre: “No digas nada que nos pueda comprometer”; y señalando mi abdomen le expliqué, “hay un informante dentro de mí”. Ignacio no se espantó como hubiera yo previsto, parecía tener un plan en mente porque sonrió y con señas me apresuró para que me vistiera y nos fuéramos. 

Salimos de casa de Ale –quien hacía una llamada telefónica importantísima— sin despedirnos siquiera e Ignacio me llevó consigo a un tenedor libre de cortes argentinos a la vuelta de la esquina. Me cuchicheó en secreto: “Este es mi plan: si comes hasta el hastío, el fantasma dentro de ti va a estar tan oprimido que se sentirá incómodo y terminará saliendo.”

Me pareció genial la idea, así que nomás me senté a la mesa tomé con las manos el primer chorizo argentino que servían en mi plato y lo ataqué desesperada porque se saliera el intruso; le di una, dos, tres feroces mordidas. Explotaba la grasa, chorreaba por mis comisuras hasta el cuello, se estremecía el embutido entre mis fauces. De pronto, a las escasas tres mordidas del chorizo, me sentí extremadamente asqueada. No quise ni más carne, ni más grasa, ni más secretos; aún teniendo un fantasma chismoso en el vientre.  

Acuarela de: Efraín Sánchez / Instagram: efra_sanchez 

Para leer sobre la artista y su colaboración con En Sueños, da click en el botón de abajo 

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