De gira

Raúl agradece por el micrófono al público asistente y la multitud estalla en aplausos y gritos coreados de “¡otra, otra, otra!”. Raúl voltea hacia atrás con sus músicos, les dice algo inaudible para la audiencia y en eso, la batería se arranca marcando el ritmo de entrada a una última rola para complacer a los asistentes.

La gente está más que feliz, se saben todita la letra y la cantan a todo pulmón. Termina la canción y entre aplausos, ovaciones y chiflidos, se deja oír nuevamente el coro de “¡otra, otra, otra!” del público más renuente. Pero esta vez el escenario se comienza a vaciar, primero de músicos y después con la ayuda de técnicos, también de instrumentos, cables, atriles, amplificadores y demás equipo. El foro también se desocupa.

Yo me quedo en un rincón junto a la puerta de actores, esperando a que salga mi amado. Estoy muy orgullosa. Su música se había escuchado mejor que nunca y él se veía simplemente guapísimo. Salen todos los músicos del camerino, pasan la chelista, el contrabajista, la tecladista, el baterista; se acercan a saludarme y se van. Pasan todos, excepto Raúl. Sigo esperando. Laura, la tecladista, regresa en una abrupta vuelta en u y me dice:

“Se me olvidaba, me pidió Raúl que te dijera que te ve directo en el camión. Ya anda él por ahí. Salió por la puerta principal.”

“¿Cuál camión?”

“Pues en el que nos vamos”

“¿Cómo? ¿A dónde nos vamos?”

“¡¿No sabes?! ¿En serio no te dijo Raúl?” Apenas meneo la cabeza en negativa y entre risas Laura contesta: “¡Qué bárbaro, ese Raúl! ¿Cómo no te dice? Pues nos vamos de gira con la banda y, según tengo entendido, Raúl espera que viajes con nosotros.”

Me quedo estupefacta en una media sonrisa de tonta que no significa nada, o intenta no significar nada. No sé si no entendí bien, si estoy drogada o es un sueño.  Con la mandíbula apretada arresto mis palabras, pensamientos y bilis detrás de los dientes para que no se escapen en un vomito violento. Seal them. Una vez que la trifulca en mi interior se ha apaciguado, consigo contestar:

“Gracias Laura, allá los veo.” Y echo a andar a la calle en búsqueda del mentado camión.

Adentro del autobús ya están todos los músicos acomodados, tienen apartados con maletas y almohadas dos asientos para cada uno, comen Cheetos, descansan los pies encima del respaldo de adelante y echan relajo cantando una canción de Soda Stereo. 

Estiro el cuello, reviso adelante y atrás, pero no consigo ver a Raúl. Uno de los músicos, sin dejar de cantar con mucho sentimiento, me señala con el dedo hacia arriba. Descubro unas escaleras sobre lo que debe ser el cuarto de baño. Me dirijo hacía ellas y el olor a meados desbordados y químicos desodorizantes y antibacteriales que emanan detrás de la puerta, confirma mi suposición.

Subo las escaleras y a cada escalón van menguando, hasta que se extinguen por completo, el escándalo festivo de los músicos y el tufo a Cheetos mezclado con los orines del baño. Arriba, en efecto, están al fondo Raúl y otros dos músicos platicando y riendo de lo más casual.

“Hola”, saludo a los otros dos, “Amor”, digo con evidente molestia, “¿puedo hablar contigo?”

Me sonríe y me derrito. “Claro, amor, dime.”

“Ven, porfa.” No quiero que los otros oigan mis quejas.

Se acerca él y en voz baja pero firme, le digo:

“Amor, ¿Qué te vas de gira?”

“Nos vamos, mi amor.”

“¿Cómo que nos vamos? No me habías dicho nada.”

“¿Qué? ¿No quieres venir?” Me dice haciendo su carita de cachorro triste y nuevamente se me ablanda el corazón.

“Sí, amorcito, pero ¿y mis cosas? ¿Mi casa, mis plantas, mi gata, mi trabajo, mis proyectos?”

“Tienes razón, amor, soy un tonto, ¿cómo no lo pensé? Mira, hagamos esto: ¿por qué no vienes con nosotros a la siguiente fecha que es aquí cerquita, en Querétaro, y ya después te regresas a hacer tu vida?”

“¿Mi vida?” le pregunto en voz alta y en silencio me pregunto: ¿qué quiere que haga de mientras sin mi vida? “¿Y cuándo regresas tú?”

“No sé, amor, hay muchas fechas que no están definidas aún, pero ojalá que nos vaya muy bien y estemos rolando al menos seis meses.”

“¡¿Seis meses?! ¡¿Por qué no me habías dicho nada?!”

“Amor, no te enojes, porque nada era seguro y no quería que se salara. Pero, amor, no te preocupes, me puedes alcanzar cada vez que quieras y puedas.” ¡No te enojes, no te preocupes, alcánzame! Demasiados imperativos. Raúl me sonríe, me toma de las manos y repite su carita de cachorro triste, pero esta vez no funcionan ninguna de sus técnicas.

Me quedo nuevamente con mi sonrisa congelada que pretende callar y ocultar, pero que, en cambio, dice tanto, grita tanto. Me arrellano en uno de los asientos esperando a que se me pase el malhumor. A Raúl no le gusta el conflicto, así que se aleja de él siempre que le es posible. Me da un beso en la frente, me dice “te amo” y se regresa al fondo del segundo piso del autobús a platicar y a reír con los otros dos que no han parado de cotorrear.

Tres horas después de carretera, sin escala en la birria ni en el baño de la caseta, llegamos a Querétaro. Todos nos bajamos del autobús. Comienzan los preparativos para el concierto. Los técnicos acomodan el backline, prueban monitores, ecualizan. Los músicos en lo suyo, afinan su instrumento y hacen escalas para alistarse para la prueba de sonido, Raúl coordina y da instrucciones. No hago falta, nadie me echa de menos, así que me subo al segundo piso del autobús a resguardar mi soledad.

Pero mi retiro asceta se ve boicoteado. ¡Qué sorpresa! En la planta alta del camión me encuentro a Juan O., sentado a sus anchas junto con un niño gordito de aproximadamente ocho años que come de una bolsa de Cheetos. Conozco poco y de lejos al conocido productor de televisión—hemos coincidido en alguno que otro proyecto—pero no tengo la más remota idea de qué está haciendo aquí. Me imagino está involucrado en la gira o quiere proponerle a Raúl manejar la banda.

Juan sonríe al verme llegar. Empuja la espalda del niño y le indica: “Anda, ofrece.” El niño glotón se acerca a mí apesadumbrado con la bolsa de frituras en la mano y no termina de pronunciar “¿Quieres?”, cuando se tropieza justo delante de mí y se le caen TODOS los Cheetos con Salsa Valentina sobre mi vestido blanco. “Perdón, perdón.” Dice el niño avergonzado y aplastando bajo su suela los Cheetos tirados en el piso del pasillo, regresa a su asiento a jugar videojuegos en una consola portátil. Saca de una mochila un Gansito, abre el envoltorio plástico y se mete el panecillo a la boca casi de un solo bocado.

Miro el desastre en mi vestido: salsa y pigmento naranja por todos lados, frunzo el ceño y me sale el gemidito de un inminente lloriqueo que alcanzo a dominar. Era la única ropa que traía, no tenía contemplada la gira y ahora me veía, olía y sabía a Cheetos con Salsa Valentina.

Juan me consuela: “No te preocupes, Sofi.” Me sorprende sepa mi nombre, yo sólo soy una bailarina. “Quítate el vestido.” Dice y, yo, no lo pienso dos veces y me lo quito.

“Acércate” Me dice y no lo pienso ni media vez y me aproximo a él en calzones y brassiere. Se baja los pantalones y los calzones y yo no me espanto, en cambio, me quedo viendo su proceder. Del tamaño de una uva verde sin semilla y de la forma de un honguito salvaje, un pene diminuto y erecto se deja entrever del vello púbico de Juan O.

“¿Qué te parece mi pitito?”

Se ríe. Yo no digo ni pío.

“No te preocupes, ¿para que crees que sirve el dinero?”

Y jalando por entre las piernas, de atrás para adelante, saca un pene de un tamaño arriba del promedio. 

“Esta vergota que ves aquí me costó carísima, así que voy a hacer que me rinda hasta el último centavo. Ven para acá.”

No alcanzo a hacer nada y me pone en cuatro patas mientras que su hijo juega videojuegos del otro lado del pasillo. 

“¿Te gusta? ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta mi verga?”  Y me baja los calzones. “Claro que te gusta, puta. Está bien sabrosa.” Me pone su palo entre las nalgas. “Era de un muerto de hambre que la vendió para tener que tragar, ¿quién más preferiría quedarse sin verga? Sólo un pinche muerto de hambre ¿te gusta? ¿te gusta, puta?”  

Y me mete su verga comprada: entra, gime, la saca y liberado deja salir de su adquisición un chorro de semen que cae desparramado sobre el suelo del pasillo junto a los Cheetos aplastados. Juan O. se desploma sobre el asiento. Del otro lado del pasillo, su hijo, que ya se ha acabado el Gansito y tiene manchado de chocolate todo alrededor de la boca, está hipnotizado por las luces de colores, ajeno a todo acontecimiento fuera de la diminuta pantalla; sus dedos regordetes aprietan rápidamente los botones del aparato.

Me pongo nuevamente el vestido con la mancha de Cheetos y Valentina y salgo nerviosa de ahí a toda prisa. Voy temblando en búsqueda de Raúl, asustada, con ganas de llorar, de contarle lo que me pasó, para que me diga que todo va a estar bien.

Encuentro a Raúl de inmediato, lo encuentro arriba del escenario frente al público que le aplaude y lo ovaciona. Se escucha mejor que nunca, se ve más guapo que nunca. Hago ese gesto, que parece sonrisa, pero que pretende guardar, ocultar, sellar detrás de los dientes todo aquello que pienso, que me expone y disecciona. 

Técnica mixta sobre calzón de: Frida SR Abarca / Instagram: gberkanas

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