Alberca para todos

Hace tiempo vivía yo en un condominio horizontal con casa grandes, árboles frondosos, pasto verde y un manojo de bonitas albercas comunales que siempre tenían agua fresca y estaban adecuadamente cloradas. Digamos que el residencial se llamaba Lomas Bondadosas.

Cada mañana iba a Lomas Bondadosas un hombre que tenía por misión mantener en impecable estado las cinco piscinas. A este hombre se le pagaba un sueldo quincenal que salía de las cuotas de mantenimiento aportadas por los colonos. Su jornada comenzaba a primera hora extrayendo con una red las impurezas que flotaban sobre el agua; después revisaba el buen funcionamiento del motor, de las lámparas y del extractor; luego procedía a limpiar los mosaicos azules del fondo y de las paredes hasta que quedaban relucientes y, por último, le ponía una dosis de cloro al agua. Una vez que el buen hombre terminaba sus tareas por ahí del mediodía, el refulgente sol se reflejaba sobre la cristalina superficie en destellos dorados y los pajaritos se acercaban a la orilla de aquel artificial oasis a beber del fresco estero, las palmeras alrededor se columpiaban triunfantes con el viento y las buganvilias estallaban en colores radiantes.

A pesar de que durante los veranos en Tampumachay, la temperatura se alzaba sin ninguna mesura, los habitantes del condominio no utilizaban jamás las albercas. Preferían refrescarse encerrados en sus alcobas y automóviles, dentro de los cuales encendían los aires acondicionados a toda potencia para poder combatir los calores infernales.

Cierto verano en Tampumachay azotó una oleada de calor descomunal. Hacía tal grado de calor que el mercurio de los termómetros hirvió, el pavimento se evaporó y las suelas de los zapatos se derritieron, los árboles frondosos y el pasto verde del tropical Tampumachay se tornó de un marrón crujiente en todas las colonias, excepto en el condominio Lomas Bondadosas que contaba con una cisterna gigante, un sistema de riego eficiente y, en caso necesario, del contacto y la posibilidad de reabastecerse con producto extranjero.    

Los habitantes de Lomas Bondadosas, desde sus alcobas con aire acondicionado a toda potencia, leyeron en los periódicos y vieron en las noticias que debido a la canícula había habido varias muertes en Tampumachay. Al enterarse de que no se trataba ni de amigos ni de familiares, sino de que era tan sólo la gente más pobre de Tampumachay la que estaba cayendo como moscas, se sintieron francamente aliviados. Entonces fueron a la cocina, sacaron un vaso de la gaveta, lo llenaron de hielos, abrieron el refrigerador, sacaron el agua de limón que Lupita había hecho recién y se sirvieron una refrescante y deliciosa porción de aquel líquido rubio que los hacía olvidar toda noticia incómoda o desagradable.

Pero la ecuación estaba echada a andar: materia seca y caliente arde con facilidad. Tras una semana de esos sofocantes y bochornosos días, amanecieron frente a la reja de Lomas Bondadosas, cientos de personas enardecidas —por el calor y por el contexto— que, exponiéndose a las inclemencias, agitaban pancartas y gritaban a todo pulmón hacia el interior del condominio: “¡Alberca para todos!” “¡El agua es vida!” “¡Somos pobres y ¿qué?, también merecemos vivir!” Y demás consignas similares. 

El guardia vigilante, cumpliendo órdenes superiores, no abrió la reja del complejo habitacional a la bola de revoltosos, pero ese encierro también tuvo implicaciones nocivas para los condóminos, puesto que no se les pudo abrir las puertas de par en par para que salieran a toda velocidad en sus autos, con el aire acondicionado encendido a toda potencia, más allá de los límites de Lomas Bondadosas. Los residentes no pudieron ir ni a sus trabajos, ni a la escuela, ni al súper, ni a ningún lado. Tampoco pudieron entrar al condominio ni el buen hombre que limpiaba las albercas, ni el repartidor de pizza, ni los del servicio de tintorería, ni el maestro particular de piano, porque no se fueran a colar entre ellos los manifestantes buenos-para-nada.

Así fue como un buen día los lomabondadosos despertaron encerrados dentro del perímetro de su propiedad.  Algunos ingenuos calcularon que, para el mediodía, cuando los rayos del sol rebotaran violentamente sobre el asfalto de la avenida, varios manifestantes desistirían y volverían resignados a sus casas. Pero llegó el calcinante cenit y nada, no se movieron ni un centímetro, no bajaron la guardia ni un segundo. Los cuerpos de los revoltosos se volatizaban en partículas agitadas por los aires tiránicos de Tampumachay, mas no sus espíritus, que inquebrantables soportaban tenazmente las asperezas gracias a la firme certeza de que el uso de las albercas debía ser un derecho universal y una cuestión de justicia e igualdad humana. Así lo señalaban en su discurso a gritos y pancartas.

Los vecinos, al darse cuenta de su enclaustramiento, convocaron a una asamblea con carácter de urgente en el Salón de Usos Múltiples, donde se dispusieron un centenar de sillas plegables con colchoncito en el respaldo y en las sentaderas. Ahí mero estaba yo, sentada en la tercera fila. La esposa del presidente del Comité de Vigilancia, Cuqui Gutiérrez, se aseguró de que sus empleadas domésticas repartieran a todos los presentes agua de limón recién exprimida. “¿Ya tiene agüita de limón, don Fermín?” “Ya, gracias, Cuqui, está buenísima.”  

Además del aire acondicionado, los ventiladores del Salón de Usos Múltiples giraban a toda velocidad emitiendo un zumbido arrullador que espantaba a las moscas y que hacía volar los cabellos de las mujeres que, no conformes, se abanicaban afanosamente.

El presidente del Comité de Vigilancia, el señor Gutiérrez, se aclaró la voz para llamar la atención de la concurrencia y haciendo pausas después de cada dos o tres palabras con actitud de político, dijo así:

“Considero crucial… continuar con la estrategia… que hasta ahora… hemos mantenido. Impedir a toda costa… que estos mugrosos manifestantes… entren a nuestros terrenos… es la única manera… que tenemos… para garantizar… la seguridad de nuestras familias… y de nuestro patrimonio.”

El clamor general no se hizo esperar.

“¡Sí, es gente fea y sin educación, no los dejemos pasar!” Gritó exaltado el señor Gómez.

“Además esas no son formas de pedir las cosas.” Agregó la señorita Bermúdez francamente afectada. “Yo hoy no pude salir a la universidad por su culpa y tenía examen de Microorganismos 3.”

La beata esposa del señor García, la señora García, exclamó consternada con su voz de pito: “Mis hijos nadan diario en esas albercas y esa gentuza vaya Dios a saber cuantas enfermedades y bichos contagiosos no traen. Y ay no, no, no,” chilló “¡Y hongos!, Dios nos libre de los hongos. ¡Qué horror!”

Cabe señalar que los hijos de los señores García jamás se despegaban del Ipad, nunca, ni siquiera para ir a nadar a la alberca, como indicaba la señora García.

“Es verdad. Como dice mi esposa, lo más importante para los lomabondadosos es el bienestar de nuestra familia. No permitiremos nunca que entren esos asquerosos chaparritos-morenitos.” Remarcó despectivamente el señor García —el mismo una persona corta de estatura y con tez del color del cacáotl— tomando el hombro de su mujer en gesto de solidaridad. De inmediato, la señora García con un brusco movimiento le quitó la mano de encima: “Ahorita no me toques, Ratoncito. Tengo mucho calor.” 

Alcé la mano para pedir la palabra, pero la discusión estaba tan acalorada como el clima allá afuera. Nadie le prestó atención a mi mano levantada. 

“Los policías de la entrada son unos inútiles, si hubiéramos contratado a la agencia de seguridad que les decía yo ya hubieran arreglado este problemita en, literal, tres patadas, pero nunca me escuchan. Estos apenas y están armados con sus macanitas de juguete.” Vociferó el señor Díaz rojo como tomate —sepa si por el coraje o por la insolación— que aprovechaba la situación para sacar a relucir el tema que se había discutido en la asamblea vecinal anterior y en la que la propuesta del señor Díaz de una vigilancia más agresiva y armada hasta los dientes había perdido en la votación a favor de unos policías más adecuados para el ambiente familiar y relajado de Lomas Bondadosas.

Cuando la mano sostenida en alto ya se me entumía y el sudor de la axila se escurría hasta estrellarse contra las baldosas; se me seguía ignorando y el salón de Usos Múltiples se sacudía entre el zumbido de los ventiladores, los murmullos, los gritos de unos que para hacerse escuchar se montaban sobre los gritos de los otros. Entonces me paré sobre mi silla y les empecé a hablar de la siguiente forma a mis vecinos de Lomas Bondadosas:

“Vecinos, quiero que imaginen por un momento que el aire acondicionado se apaga, que los ventiladores se detienen, que se acaba el agua de limón que Cuqui amablemente nos trajo a todos, que no tengamos autos frescos para movernos ni un techo bajo el cual refugiarnos del lacerante sol.” Poco a poco la gente empezó a guardar silencio, había los que seguían refunfuñando, pero mi posición a lo alto de la silla parecía haber impuesto autoridad. “Quiero imaginen una realidad distinta a la suya, llena de carencias y privaciones, como es la de esta pobre gente que está afuera.”

“¡Es pobre el que quiere! ¡Son una bola de huevones! ¡Que se pongan a trabajar en vez de estar haciendo sus manifestaciones o, al menos, si ellos no quieren, que nos dejen a nosotros trabajar!” vociferó el señor Pérez. “¡Cállate!” Le pellizcó el antebrazo la señora Pérez.

Proseguí: “Puede ser que entre esta gente pobre haya, en efecto, algunos que sean flojos y desobligados, pero de la misma manera que los hay flojos y desobligados entre los prósperos y ricos. Señor Pérez, disculpe la sinceridad, pero su hijo Pedro no es precisamente un ejemplo de hombre trabajador, entregado a sus responsabilidades, más bien se dedica todo el día a rascarse el ombligo y aún así vive en una casa linda, maneja un carro nuevo cada año y viste al grito de la última moda.”

Se escucharon risitas por aquí y por allá, pero al padre del aludido no le cayó nada en gracia: “¡No te metas con mi Pedrito!” “¡Cállate!” La señora Pérez volvió a pellizcar el antebrazo de su esposo.

“Si fuera cuestión de elección creo que más de uno elegiríamos no trabajar y vivir cómodamente. Ésta es nuestra oportunidad de mostrar qué clase de personas somos. Esta gente que está afuera nos necesita, necesita de nuestras albercas. Véanlo así: si los dejamos pasar, ellos estarán felices con nosotros, nunca nos harán daño; además no caerá sobre nosotros la responsabilidad de más muertes por insolación y deshidratación en Tampumachay, por el contrario, nos convertiremos en héroes salvadores de varias vidas. Podremos sentirnos orgullosos de nuestras acciones e ir cada noche a la cama con tranquilidad y satisfacción. Tenemos cinco albercas, yo propongo que les prestemos sólo tres. Sus hijos, señora García, pueden nadar en las otras dos. Lo que a nosotros nos sobra a ellos les falta. Verán que al final de cuentas el gozo de ayudar al prójimo será tan grande que el favor nos lo estaremos haciendo a nosotros mismos.” Concluí y un aplauso tímido y solitario al fondo del salón encabezó a una lluvia estruendosa de ovaciones y vitoreo. Me sonrojé.

Levantado el puño izquierdo, como lo hiciera en sus años mozos cuando era un joven idealista y soñador, el presidente del Comité de Vigilancia, motivado por mis palabras, se encaminó hacia las rejas de Lomas Bondadosas clamando a viva voz: “¡Agua para todos!”. Los demás lo siguieron y corearon, querían ser partícipes de ese acto que los mandaría directito al cielo. 

Cuqui emocionada les indicó a sus empleadas domésticas: “Lupita, Juanita, vayan corriendo a la casa, hay que preparar más agua de limón para estas pobres almas que deben estar sedientas.”

El júbilo hizo que los lomabondadosos se olvidaran del calor por completo. Caminaron bajo el sol, por las calzadas asfaltadas destinadas para autos del condominio—no había senderos para peatones porque ¿para qué caminar si se podía manejar? —, sin requerir de ventilador, del abanico ni de aire acondicionado, hasta que llegaron a la caseta de entrada. 

Sin decirle absolutamente nada a los guardias, el presidente del Comité de Vigilancia, que encabezaba la comitiva, abrió el candado de la verja. Más tardó la llave en dar vuelta cuando la multitud de pobres que estaba afuera, transpirada, exánime y enrojecida se abalanzó contra la reja echándola abajo. Como estampida entraron los manifestantes con una ira añejada no de horas, sino de décadas, siglos tal vez; arrollando a su paso a los piadosos lomabondadosos que aspiraban a la canonización.

Lupita y Juanita ya regresaban de la casa de Cuqui cargando en charolas el agua de limón recién exprimida, cuando los mitad-intrusos mitad-invitados, exhaustos y sedientos por la larga espera que habían tenido que hacer bajo aquella desgraciada canícula, cual bestias les rebataron los vasos empujándose los unos a los otros y se empinaron el líquido de un solo trago. Entonces el vaso desechable fue desechado, pateado y pisado por doquier. Las propiedades diuréticas del limón surtieron efecto de inmediato y los intrusos tuvieron que aliviar la vejiga donde fuera: debajo de los frondosos árboles, en el pasto verde, detrás del muro de alguna casa. El sol incandescente levantó los efluvios perfumando todo el terreno con un penetrante olor a orina. 

No hubo manera de contener a la masa para que únicamente utilizaran tres de las cinco albercas. En un santiamén las cinco estaban repletas de gente en ropa interior que aliviaba sus sudores y fatigas en el agua siempre fresca y clorada de Lomas Bondadosas. Pantalones, camisas, vestidos, zapatos y calcetines estaban regados todo alrededor. El joven Pérez, en camisa polo, jeans y tenis blancos relucientes, no daba crédito del mal gusto de aquellas prendas.

Los lomabondadosos estaban totalmente escandalizados con el panorama apocalíptico. Incluso los hijos de los señores García levantaron la vista de sus respectivas tabletas electrónicas para atestiguar tremenda catástrofe. Su madre, la beata esposa del señor García, ya estaba sobre sus rodillas rezando cuantos rosarios le diera Dios licencia de rezar. 

Y bueno, para qué les cuento del borlote que se armó cuando el joven correoso y socarrón de calzones ajustados y camiseta de tirantes blanca por cuya tela mojada se avistaban el par de pezones oscuros, le dijo desde la apeñuscada alberca a la señorita Bermúdez: “¿Qué onda, güerita? ¿No vienes a darte un chapuzón conmigo?” Ahí sí se armaron los bandos y la gente tomó partido por uno o por otro. “¿Qué le pasa a ese pelado? ¿Cómo se le ocurre? Naco…” “Ay, bájenle, bola de fresas, era nomás chascarrillo.”

Así empezaron las ofensas primero de parte de unos y luego de los otros. Difícil decir quién inició la trifulca, pero los agravios fueron escalando más y más en brutalidad.

En estos choques de clases, el señor Gómez, que en paz descanse, pereció. Hay que decirlo: se lo merecía. El señor Gómez, muy gallito, se quiso poner al tú por tú contra un jovencito correoso que estaba entrenado por la vida y a la mala en la pelea callejera. La sangre del señor Gómez se secó y se tornó parda en cuanto alcanzó la calzada asfaltada que ardía cual parrilla.  

Lupita, Juanita y las demás empleadas domésticas estaban en una honesta disyuntiva, no sabían a qué bando pertenecían; los intrusos no las reconocían como pobres, ya que vivían en los cuartos de servicio de Lomas Bondadosas; ni eran aceptadas por los condóminos como vecinas, puesto que eran pobres. Así que formaron su muy poco próspero clan al que autodenominaron: “Las sirvientas de planta”. 

Una semana y varios asaltos, robos y pintas después, los lomabondadosos huyeron de Tampumachay hacia El Otro Lado, atemorizados por el numeroso y aguerrido ejército de sus contrincantes. Yo me quedé un tiempo más confiada en que se podía hacer la diferencia y de que podía lograr una tregua. Pero al año, me di cuenta de que, en realidad, nadie quería hacer la paz, ni los fresas ni los pelados, así que me di por vencida. 

Las casas del condominio se fueron deteriorando por el abandono y los pobres lograron sacar de ellas todo aquello que los anteriores residentes habían dejado atrás. Las albercas, la cisterna, el césped y los árboles frondosos de Lomas Bondadosas se secaron pues nadie los procuró y como materia seca y caliente arde con facilidad, más pronto que tarde, las llamas crujientes envolvieron todo vestigio de ostento.

Cuando el incendio cedió y hasta la última chispa se apagó, Lomas Bondadosas pasó a ser un pueblo fantasma y carbonizado. Hace tiempo que no visito Tampumachay, me preguntó qué habrá sido de mis vecinos, qué habrá sido de los manifestantes, qué habrá sido de las albercas de agua siempre fresca y clorada. 

Ilustración digital de: Mijael Seidel / Instagram: Mijael Seidel

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